UN POETA A LA ALTURA DE SU

TIEMPO Y DE SU PUEBLO

                                                                                                                           Humberto Alvarado

En 1962 un joven de 20 años llamado Carlos Toledo, en medio de su actividad de dirigente estudiantil, escribía los siguientes versos:

                Quizás vivo en edad muerta

                Gestando gástricamente

                el porvenir diferente

                                del hombre.

                Quizás mi alma en el exilio de los poro

                Se haga

                     mas humana

                                mas concreta

                Siento la impresión de estar aquí

                                para asaltar a un muerto

                Un muerto sin sombra

                Sin voz y con vida.

                Poco más tarde, el 13 de marzo de ese histórico 1962 fallecía

                Cubierto de patriotismo y valentía en la región norte del país:

                Llamado Otto René Castillo, que con meridiana claridad había

                Dicho que no cargaba una “cruz” sino una “responsabilidad”, y

                Que antes de marcharse a la montana escribió estos versos:

                               

 

 

Sabes

                                creo

                                que he retornado

                                a mi país

                                tan solo para morir

 

                Es moneda común y corriente pensar que los adolescentes, que en este crítico tiempo, mueren en las montañas y en las ciudades de América Latina por transformar sus países, lo hacen en un característico e inigualable gesto juvenil.  Y cualquiera podría decir, aunque sin fundamento, que el joven estudiante Carlos Toledo que escribió sus versos con nostalgia romática, era precisamente un miembro de la falange juvenil de sacrificados por anhelos heroicos y patrióticos.

                Sin embargo, es muy difícil aducir que el poeta Castillo, cuyas brillantes notas académicas le habían abierto las puertas de las universidades alemanas donde adquirió una solida formación filosófica, política y literaria, marchara por un gesto de adolescente hacia el “combate contra el odio”.

                Hay una solución de continuidad entre marzo de 1962 y marzo de 1967, fechas que son hitos del proceso histórico que vive Guatemala desde hace centenas de años.   Ha sido un lustro de una dolorosa cosecha, cuyos orígenes y consecuencias reflejan el drama de la crisis guatemalteca, tremenda realidad que no puede desconocerse por ninguna ser pensante en nuestro país.

                Tocar, aunque sea con la punta de los dedos, la poesía de René Castillo, es entrar en ese mundo de amor y ternura, odio y combate que es Guatemala con su crítica situación agudizada desde 1954.  Otto René es la conciencia de que nuestra república, en su fase actual es un “bello y horrendo país”, es una patria agridulce.

                Otto René con su pasión de adolescente vivió las horas cumbres  de la Revolución de Octubre y padeció la derrota del proceso revolucionario cuya consecuencia personal fue que a los 19 años partiera al exilio.  El destierro no determinó más que el acendramiento patriótico de Castillo y su decisión de continuar por la senda de combate que atisbo en su temprana madurez.  Existe desde los primeros versos del joven poeta, una combinación que caracteriza su poesía, en la cual el amor y el combate se entrelazan permanentemente, honda y totalmente, Siempre es un debatirse entre la “lucha por amor” y el “combate contra el odio”.  Es la aguda conciencia de que “sufro mi país como ninguno” y la sencillez su paso por la tierra, con andar seguro afirmo los  de declarar:

                Si me preguntas

                Que es lo que más quiero,

                Sobre la anchura,

                yo te contestaría:

                A ti, amor mío, y a la gente

                Sencilla de mí pueblo.

                Otto René en su existencia se guio por la filosofía que entrañan sus versos  que proclaman: “porque la vida, es la poesía más alta”.  Y así, vivió intensamente, construyo  “murallas de besos”, marcó indeleblemente su paso por la tierra, con andar seguro afirmo los derechos del hombre a la felicidad y constató la trágica realidad que en “estos pueblos solo es cultiva llanto”.  Pero se dio cuenta cabal que era entonces necesario, obligado, apegado a las circunstancias históricas, resultante de una realidad que era necesario cambiar, que el poeta que había pregonada el amor

                La ternura entre los hombres,

                Debe gritar, odiar.

 

                Y por esa razón, por el hecho que la trama social está construida de hechos que el hombre tiene que combatir para encender la ternura e instalar una realidad distinta a las “historias amargas” de su país fue que llego a la conclusión de que

                Matar por la vida, si

                Es defender la esperanza

a fin de destruir el “egoísmo organizado”, romper con las ataduras que imponen hambre, ignorancia y miseria.  Y era necesario adoptar decisiones que comportaban el riesgo de perder la vida, convencido plenamente que tal actitud no era una aventura prodigiosa, sino que una ventura, ya que estaba seguro que

                Ahora morimos llenos de Guatemala

                ¿Qué muerte más alta hay?

               

                Otto René correspondió a la vertiente más desarrollada de la Revolución de Octubre, ya que transitó su infancia y el principio de su adolescencia en la década de 194-54 y esa circunstancia lo hizo a la par que, ver las lacras sociales, comprender que la acción era la mejor forma de batallar contra esa situación.  Por tales hechos pertenece a una generación que no traía consigo los traumas del temor y el terror de la dictadura ubiquista, que confiaba que la “derrota de hoy será la victoria de mañana”, que adquirió seguridad en las concepciones científicas de nuestro tiempo no solo porque representaban el pensamiento avanzado de una época, sino debido a que la realidad las hacia corresponder con el país.

                Unido a Otto René por lazos de paisanaje – era como el proclamara ufanamente un “chivo  universal”,*amistad y compañerismo, utilizando siempre nuestras horas comunes hasta el último, del día y de siempre segundo, ya fuera en la charla, en la tarea, en la bohemia, tratando en todo momento de encontrar la verdad del minuto, del día y de siempre,  no evoco su imagen ni su poesía con una finalidad estrecha, ni sectaria.  Situado desde joven en la única posición que considero justa, honesta y consecuente, sin ambiciones desmesuradas ni pretensiones de figurón, sino que colocado en ese lugar, porque la realidad hace imprescindible adoptar una actitud, precisar el pensamiento, ser definitivamente exacto y convertir la duda o las vacilaciones en el análisis metódico que sirve para caminar con el “corazón que debe cantar siempre, avanzando en el camino”, Otto no es solamente un símbolo, sino es más que eso, es la confirmación de la fuerza viviente de un combatiente, es la certeza absoluta en que los pasos dados son necesarios y decisivos, que ningún sacrificio es vano, sino que corresponde a una lógica dolorosa pero que se proyecta hacia el futuro, ya que

                si uno cae

                es porque alguien

                tenia que caer,

                para que no cayera

                la esperanza

               

                La significación de la vida, pasión y muerte de Castillo se enraíza con el proceso guatemalteco de los últimos cinco lustros.  El es, con toda propiedad, un poeta de la revolución, un poeta revolucionario.  No solamente por haber abierto su conciencia de adolescente a las campanadas de la Reforma ‘Agraria de Arbenz, sino por haber recibido de inmediato los golpes tenebrosos de la contrarrevolución de 1954 y con mayor decisión entonces, haber puesto sentimiento y pensamiento, consagrado su energía y desarrollado su vocación poética dentro de una situación conflictiva, critica, dramática como lo es el destino del pueblo guatemalteco. 

                Amor y odio, alegría y dolor, vida y muerte, están ligados a su poesía y su poesía no es más que el ritmo sensitivo de un corazón sangrante de esperanza y un cerebro agitado que busca los caminos de la transformación de un tiempo que considera “terrible” y de un país cargado de “historias amargas”.   La decisión de Otto René de sumarse a una acción, cuyos riesgos mortales nunca se le escaparon, refleja agudamente la alta conciencia social que llego a adquirir como hombre y poeta.  Su prematura desaparición es un signo inequívoco de la época en la cual vivimos y es doblemente dramática, por cuanto a la par que su muerte es una perdida dolorosa, es un hito determínate en la ruta de la esperanza.  Es una guía u una lección de proyecciones históricas, que al retomar una tradición, abre también toda una etapa.

                El intelectual pequeño burgués no ha sido precisamente un ejemplo de sacrificio.   El apego al éxito económico, el conformismo, el sometimiento incluso, en fin, el aferrarse ya sea al ínfimo cargo burocrático o al arribismo que pueda traer consigo la canonjía diplomática, han sido y son los rasgos comunes de numerosos artistas y escritores en nuestro país.  Justificación o explicación si se quiere de tal actitud es fácil encontrar.  Las limitaciones del ambiente son tantas que las razones sobre-abundan.  Prensados por los macros asfixiantes que impone una semi-colonia, el partir de la patria para encontrar nuevos horizontes desde José Antonio Irisarri y luego Enrique Gómez Carrillo, es un camino de salvación personal a medias.  El salvavidas para el intelectual que aspira a corresponder en su totalidad a su época y a su pueblo está en el compromiso con los destinos de su país.  Pero, el recorrido para llegar a esa actitud inclaudicable es largo y espinoso.  Otto René inmerso en su tiempo, camino al mismo ritmo de su patria.  Por eso sabia que cuando invitaba a su pueblo a caminar, lo hacía con la convicción profunda que andar esa ruta era la única e ineludible posibilidad real, honesta y responsable.  Con sencillez y rotundidad declaraba:

                                Y a pesar de todo,

                                sigo, necio que soy,

                                mi ronco y rudo camino,

                                mi camino

                                que pronto terminará

 

                En la situación que vive Guatemala, la poesía de Castillo saturada de amor y humanidad, de pasión y coraje, de odio y patriotismo, de ternura y violencia, es la más fiel expresión de las horas, los días y los anos de un país que sacudido por una crisis cuyas raíces son centenarias, trata de renacer para desterrar el “sabor a luto” que despide la nación. 

                Y esta afirmación tiene el aval de quien pensó que solo podrían sentirse satisfechos quienes

                                No porque combatieron una parte de su vida

                                Sino porque combatieron todos los días de su vida

                                Solo  así llegan los hombres a ser hombres:

                                Combatiendo día y noche por ser hombre.

 

                El ejemplo de Otto René no está tanto en su trágica desaparición, sino en su disposición, en su actitud, en una decisión que traza la clásica raya en la arena.  El poeta combatiente no quemo sus naves para cortarse toda posible retirada.  Estuvo en su lugar por el dictado de una conciencia humana, por una fidelidad a su propia vocación poética, por amor infinito a su patria y un odio acertado a todo lo nefasto de nuestra sociedad.  No hay en su gesto, en acción, ni en su poesía, resentimiento alguno. La limpidez, la frescura de su pasión, de su pensamiento es cristalina.  No hay arranques desesperados, ni traumas psicológicos, ni fuga de la realidad.  Los objetivos de su vida fueron claros y precisos y por amar la vida como el más preciado don, marcho hacia la muerte con una claridad que ilumina nuestro camino.

                Su afirmación es categórica, cuando pone en boca de Antonino, el poeta que se unió a la lucha por romper las cadenas de la esclavitud hace más de veinte siglos:

                                Los Aves de más dulce canto,

                                Espartaco,

                                Defienden su libertad

                                también con garras.

                En medio de las horas difíciles y críticas que vive nuestro pueblo, el ejemplo de Otto René como el de decenas de jóvenes guatemaltecos, es un rotundo mensaje de esperanza.  Guatemala esta sangrante, pero despierta, el pueblo puede ver con los ojos abiertos el abismo, pero también el camino de su salvación y mientras existan hombres de las calidades morales e intelectuales como las de Castillo, mientras vivan guatemaltecos que anteponen su patriotismo a sus intereses personales, mientras la honestidad, la sinceridad, la conciencias social, normen la conducta de un apreciable numero de nuestros compatriotas, la esperanza en el futuro de nuestra patria, la confianza en el nacimiento de una nueva Guatemala, en la fundación no de una Arcadia feliz, ni la conquista de un paraíso terrenal, sino que la difícil edificación de una sociedad guatemalteca  justa, basada en la libertad real y efectiva de los guatemaltecos, en la liberación del pueblo de las garras del  oprobio, del hambre y la ignorancia, reafirma definitivamente la confianza absoluta en ese futuro irreversible.

                El sacrificio de Otto René es una confirmación de que ese futuro esta cercano,  aunque alcanzarlo sea una empresa de enormes riesgos, singular grandeza y de incontables esfuerzos, como los que supo hacer el poeta y combatiente Castillo, y que millares y millares están dispuestos a seguir y repetir, al igual que quien dio su vida por hacer realidad lo que afirmaba cuando decía:

                Vámonos patria a caminar, yo te acompaño.

                Yo bajare los abismos que me digas

                Yo me quedare ciego para que tengas ojos.

                Yo me quedare sin voz para que tú cantes

                Yo he de morir para que tú no mueras

                para que emerja tu rostro flameando al horizonte

                de cada flor que nazca de mis huesos.

                Tiene que ser así, indiscutiblemente.

               

                Y así es definitivamente, ya que las cenizas de Otto René Castillo regadas en los cuatros puntos cardinales de su amada Guatemala, fructificaran en cada rincón, de la patria y nacerán los frutos que el poeta añoró y por los cuales combatió sin tregua.

Abril 19th, 2009

               

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