Otto René Castillo

-Ensayo-

Luis Cardoza Y Aragón

     Es indudable la unidad de su conciencia poética con su conciencia revolucionaria.  Su poesía se genera en su entendimiento de la poesía y en la coyuntura existencial.  Su pluma y su fusil.  Para no pocos, su poesía es vista a través de su muerte, de su decisión por el fusil y la montaña, llena  de cielo y pueblo.  Los dos actos son admirables: la decisión de su destino y su creación poética.  Los  dos actos están ligados sutilmente.  Amor siempre amor, delicadeza y verdad.   ¿Cuál es más alto? En el fondo son uno, sin confusión.  Su poesía no vale por haber subido a la montaña y por su asesinato.  Vale por sí misma.  Obra de amor, de ira y de entusiasmo.  Yo no confundo la vida política con la estética, pero si antepongo la justicia a la cultura—que ella se nos donará  también como forma de justicia.

    Desde luego, no lo sitúo sólo en lo inmediato, aspirar a separarlo de nuestra violencia, a dejarlo en la vida ciertamente más honda de su canto.  Se bien que uno de los signos de nuestra identidad actual es la existencia de “los escuadrones de la muerte”.  Otto René Castillo trasciende con su ternura la realidad y escribe con esa ternura, que es la misma con la cual empuña su fusil amoroso.  Yo amo tanto su pluma como su fusil.

    Su pluma da razón al fusil.  El fusiles su pluma desesperada de las palabras.  Llegó el momento en el que pluma y fusil cancelaron fronteras.  Bajo tal situación debida antes que todo el colonialismo, hemos vivido después del 1954, bajo el despotismo militar más sórdido de América.  Leo los poemas y los recibo como los de un joven arcángel con un corazón de alondra.  Se siente su fuerza y su suavidad de espuma. Sus líneas ruedan tersas y sencillas, sin barroquismo.  Mucho de su poesía es nostalgia de amor y de una tierra perdida recobrada son su sangre.

    Yo no diría que su poesía es comprometida ni patriótica.  Siento que ha abolido fronteras sin olvidar el nido.  Se diría que le dolía Guatemala, pero sin dolor local; con dolor sin límites, con indignación humana.  Es un poeta del amor.  El compromiso de la poesía es consigo mismo.  De ninguna manera, estoy cierto de ello, ceso de enaltecer su muerte guatemalteca.  Nació en años de dictadura y su vida la paso en un túnel donde encendió fogatas.  El amor y la indignación lo llevan a las montanas; por unos ojos azules, por los ojos negros del pueblo.

    Escribir estos puntos, de inmediato me hizo suponer que no sólo era la ocasión sino ineludible trazar un esbozo del medio y las circunstancias en los cuáles le tocó al poeta formarse y vivir.  El ambiente  y las causas de las luchas guatemaltecas no han cambiado; las raíces del conflicto son nuestras y antiguas y muy claras, sin requerir para comprenderlo de profundas argumentaciones doctrinarias socioeconómicas.  La iniquidad es patente.  Así lo has captado la Iglesia guatemalteca en los últimos decenios.  No ha movido a los indios una doctrino sino una necesidad de vida, una necesidad de ser.  Como punto central, “el clamor por la tierra”, la obligatoriedad de restituirla a sus legítimos dueños.  La tierra es el primer problema de Guatemala.

    Son abundantes, en varias lenguas, las páginas escritas sobre la catástrofe guatemalteca de 1954 (Estados Unidos coludidos con altos jefes militares nuestros) y sus consecuencias hasta hoy y el futuro inmediato.  Yo no deseo volver sobre los acontecimientos de entonces, explicados no para esclareces hechos que son irrebatibles, sino para intentar servir intereses de clases, de grupos y aun de individuos.  Aquella traición pasó a la historia. El presente y el futuro, dejando atrás 1944-1954, que constituyen parte de sus cimientos, es lo que hoy me preocupa.  Los años de Otto René no se han alejado ni su poesía que conservará su sitio.  Ahora sabemos que ese ayer es presente.  Mis notas son reflexión y sentimiento de una injusticia secular.  Mucho he escrito sobre nuestra humillante historia contemporánea redimida por los combatientes.  Lo he hecho en escritos breves, en volúmenes.  Ya basta, estoy harto de quejumbres, de superficialidades, de anécdotas, de desdichas y jactancias.   La poesía de Otto René Castillo sobrevuela todo esos territorios de necesidades y basura.  Ese sobrevolar coloquial constituye un acontecimiento lírico sereno y sin gemidos.  La voz de los escritores, de los poetas, ha brillado en el fondo de tal tiniebla pútrida. La propia intensidad de la tiniebla hacé que luzcan con mayor brillo y humanidad las obras de sus artistas.

    No; no olvido a los certificados, a los que para mí tienen nombre en mi memoria.  Nunca conocí a Castillo, a Roberto Obregón, a Roque Dalton.  Los libros no me bastan, quisiera tener de ellos recuerdos personales.

    En Otto René Castillo no veo preocupación por lo nacional, sino por la poesía.  Sin perder raíces, pero sin folclóricas ostentaciones someras.  Lo nuestro fue planteado por fray Bartolomé de las Casas y prosigue vigente en sus fundamentos.  La evolución ha sido lentísima, y esa lentitud se ha vuelto evidencia, la nitidez del asunto son totales.  Tener la razón no basta.  De algo, de mucho y mucho, sirve divulgarla.

    La poesía es asimismo una toma de conciencia a la realidad para subvertirla.  Hay que ir más allá del llanto y de las balas.  Poner en movimiento nuestra conciencia y nuestra inconsciencia.  He supuesto que se ha avanzado en poemas y fusiles.  La emoción de la justicia está disolviendo la perversidad.  El propio pragmatismo abre camino.  Vivimos en una sociedad que adelanta en su transformación lenta y aún mezquina.

    El anacronismo seguirá autoderrotándose.  Estamos muy pobres y atrasados.  Yo no creo en el “patriotismo”, sino en el amor, la justicia y la libertad.  ¿Se ha menester de ser “patriota” para ello?  Quienes defienden lo que tenemos, son patriotas del anacronismo”. La poesía de Otto René Castillo no es de “patriota” sino de poeta.  El doctor Samuel Johnson afirmaba que el “patriotismo” es el último refugio de los bribones.

    Cuando uno está harto del medio sórdido y se desborda la indignación, un sentido natural nos conmueve y nos guía a decisiones.  Otto René Castillo es ante todo un poeta del amor.  Este amor no es sólo por un ser amado.  Con humildad y con humanismo (más allá de lo “patriótico”) decidió vivir vida votiva.  Para mí hay en Otto René Castillo un sentido de Patria que yo suelo experimentar, impecable y diamantina, López velardeana, intima y elevada y personal, sentido casi misterioso y mítico, mucho más que mapas y geografía.  Yo siento leyéndolo su emoción por Guatemala, por el ser amado y descubro que la dimensión de su sentir lo volcaba en una fraternidad sin fronteras.  Sinto en el esa ternura ilimitada en su elevada y azul capacidad de amar.  Así, nacen su poesía, sus desolaciones y esperanzas más bellas.

    Lo había leído en varias ediciones.  Me atrajo su dimensión vital, su entonación conversatoria y penetré en su refinamiento.  El dolor anónimo, popular, Castillo lo convoca y lo transforma en esencias.  En más de un poema, explícitamente, nos anuncia que volvió de Alemania para morir.  Se advierte que sus cantos de amor y muerte son vehementes, como en todos los enamorados de la vida.

    Me lo reveló la antología Poemas (Colección La Honda, Casa de las Américas, La Habana, 1971), acaso organizada por Roque Dalton (1935-1975) y Antonio Fernández Izaguirre.  Tanto el salvadoreño Dalton como el guatemalteco Fernández Izaguirre murieron asesinados.  En Otto René Castillo leo a nuestro tiempo.

    Hay poesía revolucionaria y poesía “revolucionaria”.  En ocasión del segundo concurso literario de Casa de las Américas (1961) pertenecí al jurado de poesía, con José Lezama Lima y Elvio Romero.  Arribaron varios centenares de libros de versos vacios y gritones contra el imperialismo y contra el imperialismo y contra el burgués. ¿Sus autores supusieron que así tendrían mayor posibilidad de triunfar?  Era una necia retorica manoseadísima.  No creíamos conveniente para el novel concurso declarar desierto el premio de poesía o premiar basura.  Por unanimidad premiamos un buen libro de sonetos de amor que resultó ser de Roberto Ibáñez.

    Otto René Castillo vivió con una concepción de su empeño y desempeño poéticos sin relación alguna con la “poesía revolucionaria”.  Está en una línea  emocional y mental que a veces siento melancólica y nostálgica, sin sentimentalismo.  ¿Mis pareceres acaso sorprenderán?  Fue a la Sierra de las Minas por convicción, por meditación razonada y madura y por un desbordamiento de amor.

Desearía conocer estrofas de las tormentas, de las tempestades de su alma, la polémica que tal vez vivió consigo hasta la decisiva resolución final.  Nada más contaba 30 años.  Por su poesía supongo un ardiente temperamento reflexivo y leal, domeñador de su ímpetu.  Parte de la música que llevaba dentro de sí es la que conocemos; apenas comenzaba a soltarla.  Recuerdo que muy jóvenes compatriotas alguna vez me visitaron, para conversarme si entraban a las guerrillas.  Terminantemente les manifesté que no tenía ni debía darles opinión alguna, tal paso era un asunto íntegramente personal.  Yo hubiese querido, por muchas razones, que Otto René no hubiese ido a la Sierra de las Minas.  Ahora así lo pienso, pero a su edad lo habría acompañado.  Habría sido su escudero.  Lo imagino acaso con una apariencia tranquila; fue una hoguera.  Esa hoguera nos servía mejor con las palabras.  Su cerebro y su corazón forjaron su destino.

    La generación de Otto René  Castillo (1937-1967) y Roberto Obregón (1940-1970) fue particularmente golpeada en los años más lúgubres y sangrientos de nuestra historia.  Yo quisiera transmitir algo de la intensión de ambos: de la guerra que nace en el fervor, la pena y la pasión por Guatemala.  Es también la justa voluntad de combatir una sociedad anacrónica que produce fratricidios, miseria y atraso.  Estas décadas (vamos en la cuarta a partir de 1954) son incomparables en su aridez y coraje y sacrificio.

    Otto René, llano de alba, es los años aludidos.  Su voz nos dice los sentimientos y las esperanzas de la generación sacrificada.  Es una voz de diluida ternura amorosa.   Él la asume espléndidamente.  Es el heroico poeta de su pueblo, el poeta de años de respuesta y condena a la infamia que vivimos.

    Desde que supe de él, desde que lo he leído, tuve la certidumbre de su talento y de su dignidad y de su sentido humanista y su concepción del mundo.  Su vida, su breve hermosa vida, su martirio tan sombrío acompañado de Nora Paiz Cárcamo son la apoteosis de su Palabra.  Para nada está de más recordar que Otto René Castillo y amada compañera fueron capturados, herido él, y llevados a la base militar de Zacapa, donde los torturaron y luego los quemaron vivos.

    Un poeta, un hombre cabal, dotado de lirismo tranparente y de sencillez y sensibilidad,  ¿hasta dónde hubiese ascendido su canción si no la hubiesen truncado en su arranque?  Su muerte nos estremece, nos trae a la imaginación, a Guatemala sentida por uno de sus hijos que la llevaba en la entraña con entrega inmensa.  Otto René Castillo y Roberto Obregón son figuras cimeras martirizadas por sus razones y por sus ideales.  Obregón desapareció para siempre, para siempre inolvidable.

    Los grandes levantamientos populares no se han debido nunca en Guatemala a influencias propiamente ideológicas, sino a situaciones insoportables, claras y precisas: la miseria, el desprecio engendran la violencia.  Las patadas, el hambre, la impunidad.  Para que haya paz se requiere imperativamente acabar con la discriminación racial y las condiciones que prevalecen.  Hoy nuestra sociedad obsoleta esta torturando y matando a niños callejeros.  ¿No es esta una sociedad muy enferma? 

    Por una parte, las torturas y el asesinato de los guatemaltecos: por la otra, el clamor de su pueblo y los dones de hijos suyos privilegiados por su poder de eternizar.   Diría con Rimbaud, que perdió su vida por delicadeza.  Su muerte es testimonio de su vida y de nuestra vida.

    Ahora que escribo estas palabras a la memoria de un poeta y de una obra singulares, cortadas por la generosidad de su corazón y su esperanza, escucho un alborear de que su poética está suscitando comprensión más precisa de nuestra vida cargada de dolor.  Hay esperanza que se inicie la marcha hacia un entendimiento de la vida, de la paz, del hastió de la crueldad.

    Somos el país proporcionalmente más indígena de América, seguido por Bolivia, Perú, Ecuador, México.  ¿Cuál podríamos hablar de democracia cuando sabemos de la existencia inhumana de la inmensa mayoría de compatriotas? Otto René vivió, hasta sus postreras consecuencias, ese sentimiento hondísimo de vergüenza y de patria, por el cual dio su vida y su canto.  ¿Qué más puede dar un poeta?

    Debemos leerlo concentrados en la sencillez de us profundidad.  Su destino fue excepcional, su vida y su muerte fueron excepcionales.  Nos dejo sol en polvo.  Fue la suya una vida de poeta cumplida y ejemplar.

    Lanzarse a la montana, lo decidió con la entereza de un hombre generoso, un hombre con lucidez y decisión.  En Otto René, en su memoria  y sus cantos, perduran todos los que han muerto combatiendo, y vivirán cuando Guatemala recupere la civilización.  Por fin, su Palabras divulgada en la tierra por la cual fue sacrificada.  Antes que todo, por su poesía lo recordamos.

    Yo no hago sino repetir cosas repetidas, nunca escuchadas.  Desee o hacer hincapié en ellas, como ya harto de repetirlas.  La vida, el sueno.  La obra y su asesinato hube de rozarlos.  No me supongo obseso; más bien absolutamente contemporáneo.  ¿Cómo poner a un lado, como olvidar lo ocurrido, lo que está ocurriendo? Si, si volvamos a la alegría de nuestra tierra, a sus campos, a sus luz, a su azul y los colores que sonríen jubilosamente, ajenos a la barbarie.  Ya no mas matanzas entre hermanos, ya no mas sociedad estallad.  No convido a olvidar, convido a la reflexión.  Siento cada día que la tragedia que nos destroza va cobrando más claridad en sus orígenes y en senderos por recorrer para abatirla. ¡Aleluya!

    La de Castillo es lo contrario a una poesía enfática, belicosa, altisonante, su altura la resuelve con suave emoción; es por intuición, por dotes que la fluidez trémula surge llanamente.  Lo que anhelaría abocetar es la tormenta de su alma que lo llevo a la montana.  Camino dentro de sí la necesidad de transformar su poesía en acción, cual si también una fatiga por las palabras lo hubiese conducido a dar su vida.  Su lealtad, lo ardoroso de su corazón su urgencia de justicia vibran en su pluma y en su vida.  Un país que tiene héroes, escribió Bertolt Brecht, es un país desgraciado.  Nosotros contamos con muchísimos.  

    He gozado de poder decir algo de las figuras notables de Guatemala, del antigüeño Bernal Díaz del Castillo, nacido en Medina del Campo, hasta Miguel Ángel Asturias y Carlos Mérida.  El conjunto constituye las líneas de la mano de la vida nuestra, y recuerdo a Landívar, a Irisarri, a Pepe Batres, a José Milla, a Enrique Gómez Carillo… y al fondo, el Popol Vuh.

    La poesía en la cual no hay “patriotismo” sino poesía es la que gusto.  Conozco la letra de algunos himnos nacionales y son muy “patrióticos” y “revolucionarios”.  Hubo en anos no muy distantes una apreciación pueril llamada formalista y otra contenidista.   Imagínese mi compatriota lector cantando en lustros de estrada Cabrera, de Ubico, de los dictadores militares: “¡Guatemala, feliz…!que tus aras/no profane jamás el verdugo”… ¡Basta! No son pocos en quienes ha dominado el sacrifico.  Yo no olvido ni un instante.  Por ello mismo, con la idea de Bertolt Brecht, en mí prevalece su vida y su poesía, sencillamente.

    Tengo la convicción, se ha dado un paso de gran trascendencia mayoritaria, convicción de la urgencia de paz.  Una paz que comience a resolver las causas evidentes que provocan el conflicto.  Existe ya una poderosa consciencia guatemalteca.  Otto René Castillo escribió y vivió y murió por ello.  No privilegio al héroe sobre el poeta ni al poeta sobre el héroe.  Son uno.

    Me suele causar sorpresa cuando alguna vez me visitan compatriotas que me encuentre mejor enterado que ellos de los que ocurre en Guatemala.  Yo sólo dispongo de la imagen espantosa que leemos casi a diario en la prensa más seria de México.  Cotidianidad a la cual no me acostumbro.  Sucede, supongo, que hace más de tres décadas mis compatriotas viven a diario esas noticias y solo reaccionan cuando son más monstruosas.  El sentimiento, la inteligencia, se defienden de sufrir por lo que se ha vuelto costumbre, sucedidos cotidianos, por los cuales el elemento sorpresa ya no existe.  Este cinismo, cómplices.  La impunidad es total.  No se reaccionas sino por las cosas colosales, y no por unos estudiantes, periodistas, obreros, campesinos.

    El asesinado, el desaparecido, el niño callejero que la propia sociedad produce, no importan, y menos importa si de indígenas se trata.  Las decenas y decenas de miles de víctimas pronto se olvidan carecen de significación.  Nuestra conciencia está tranquila.  El efecto diario de la muerte violenta casi no existe; y no existe por diaria.  El comentario, si lo hay, es leve y despectivo: “en algo andaría metido”.  A fuerza de tanto asesinato, se nos ha “educado” para aceptarlo como cosa común sin importancia.  Lo que sucede diariamente, durante décadas, no es novedad, apenas es noticia.  Pero existen organizaciones que defienden los derechos humanos, aunque usted no lo crea.

    La situación que esbozo, en un hombre como Castillo mantuvo viva su protesta, porque en él vivía la vergüenza nacional, la que tantos han perdido.  Era necesario que aquello terminase.  Era demasiado.  El poeta sabía bien de qué se originaba; ello se transparenta, se asume y se vuelve lucha, coraje, tristeza y deber de actuar no solo con su pluma.  Tal sentir lo encontramos en lo que escribió.  A veces amo más la motivación que el resultado.  Es hermoso en verdad que todo el dolor sentido lo eleve a poesía, raras veces jubilosa, casi siempre con un dejo doliente.  Esta atmosfera acaso fue su modo de ser en todo lo que escribió.  Gusto más de lo velado que de lo directo.  Entre otras razones porque mayor es su horizonte.

    Nunca he leído nada en prosa de él.  Parte de su poesía la escribió en la cárcel.  Trabajo mucho y nunca vio en volumen su obra.  Nos dio todo, entre ello  su muerte.  Nos dice: “Patria, mi amor.  Así concibo a mi patria/ que otros la escriban como quieran”.

    Guatemala, en nuestros días se compendia en una muchacha y un muchacho poeta que el mismo fuego que los unió en la vida los unió en la muerte.  Todos llevamos el peso inmenso de su leve ceniza.

    En cuatro generaciones ha quedado la huella de la guerra y el crimen.  Acontecimiento tan desgarrador arrebato a los jóvenes más nobles.  No pienso en un determinismo de espacio y tiempo.  Estos jóvenes fueron tiernamente impresionados y enlutados.  Son millares los muertos, los desplazados, los refugiados.  Tal es el ámbito que ha acondicionado y también determinado en parte los hechos y las obras.  Debemos ir a la raíz, a los valores específicos de todas las disciplinas y no engolosinarnos con su actualidad, por la relación entre las obras y el acontecer presente.  La altura de los propósitos no crea necesariamente una calidad.  “Son los valores propios, no los temas, los que sostienen una obra artística en sus varias presencias.  Lo que acontece es peor que una pesadilla.  En poco tiempo, todos lo esperamos, la vehemencia de la realidad que vivimos se encaminara hasta devenir un recuerdo amargo.  Con la temática  ocurría algo semejante; la obra de arte conserva su virtud, su potencia encantatoria.  He deseado  ver de esta manera las obras que conozco, allende su temática, en esencialidad.  Así, me inclino sobre lo creado por Otto René Casillo, en su tono lirico, en lo peculiar de su pluma.  Escribo acerca de su trabajo (denuncia, belleza, alegría, dolor) con base en sus valores intrínsecos.

    No soy afecto a intercalar ejemplos, que suelen mostrarse como paradigmas, como apoyos a las consideraciones.  No será sólo una poesía de nuestros anos, de circunstancias.  En sus buenos ejemplos salta una chispa de ingenio poético, una serie de sorpresas que nos cautivan además por su acento propio.  Hay pues, un claro amanecer de personalidad.  Y este innato valor cultivado de Castillo para mi encierra la mayoría significación.

    He señalado, quizá con posibilidad de certeza, que no es la temática cuando es muy temporal, muy inmediato, lo que resistirá mejor el desafío del tiempo.  No adelanto este supuesto, con la pretensión en mi ajena a cualquier presión epocal, y ajena a cualquier incondicionalidad.  Más bien he tratado, como en otros trabajos míos, de aportar datos y reflexiones para que el lector haga sus deducciones personales.  Me honra escribir acerca de Otto René Castillo.  En mis relecturas he encontrado felicidad expresiva.  Su destino trágico me conmueve, y más me conmueve el acorde de vida y muerte que escucho en su poesía. 

    Yo no amo una poesía por ser guatemalteca, por combatiente y comprometida—como antaño se decía – la amo por ser poesía.  Desde luego, es obvio, no niego el valor del vocabulario vernáculo ni la acción acusatoria.  Antepongo lo específicos a los clarines.  No me cabe duda que prefiero el nostálgico tono modulado y el español universal que son suyos. 

    La poesía no es creada ni criada para servidumbre alguna.  Todo es tema de la poesía.  Un origen de la poesía de Otto René Castillo quizá sea la nostalgia de la tierra dejada y el reencuentro, así como la lucha jamás abandonada.  Dualidad, que su talento vuelve intemporal en el poema.

    No fue mi designio escribir un ensayo crítico, sino hacerle al compatriota una visita, conversar, coincidir, polemizar, puesto que las generaciones van transformando sus certezas y sus incertezas.  Capto la distancia que separándonos en todos los terrenos nos une.  El lector habrá reparado en que he avanzado discurriendo con el poeta y conmigo, hasta llegar a la recapitulación.  Otto René Castillo es un símbolo de la juventud revolucionaria y creadora de Guatemala.

    He atisbado a Otto René con varias perspectivas; asimismo, me ha dado cuenta de haber recurrido para ello a cierta voluntad de orden estético personal, que he requerido nuevamente. En mis días de Guatemala si hubiese aparecido un gran poeta místico habría intentado se editase.

    Nuestro joven maestro sabía que la voz megafónica es derribada por el trino de la fuente.  El estruendo es vencido por soterrado acento melodioso.  El bullicio, la ferretería son ajenos a la intimidad conmovida.  La voz decantada se impone.  La ternura hecha de ímpetu.  Escribo por la transparencia de su victoria.  Y como, Otto René Castillo desearía crear con las palabras y mas allá de las palabras.

    Vámonos, patria, a caminar, yo te acompaño.

                                                                                                                                                                                                                                                            Luis Cardoza y Aragón.

 

 

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