A manera de prólogo

Hace alredor de diez años, necesidades del servicio social obligatorio, condujeron a un medico amigo a las apartadas region del norte guatemalteco.  Cierto dìa realizó una larga caminata.  Cansado, se sentó en una piedra.  Cuando se levantó – para darse ánimo – dijo “Vámos patria a caminar…” Su sorpresa fue mayúscula cuando escuchó, de labios de uno de los guìas, un campesino, el complemento de aquel verso.

Tanto el medico como el hombre del campo, pertenecientes a dos estratos socials diferentes, guardaban aquellos versos en su memoria; compartìan – de algún modo – la secreta invitación, el riguroso compromiso implìcito en los versos contundentes.  Tal nivel de asmilación implica que lo escrito por Otto René Castillo habìa tocado fondo y estaba sedimentado en el amplio corazón del pueblo.

Y no se necesitan muchos versos para lograrlo.  La poesìa – y qué bien que sea asì! – no se mide en terminus cuantitativos.  Tres o cuatro versos luminosos, trabajando al interior del hombre, al martillar sobre la conciencia, en el balance de las vidas, puede ser que sean los únicos que cuenten.

Otto René Castillo tiene mas de cuatro versos que a lo largo de dos décadas – desde que, con su mutismo, demostró que la tortura es impotente cuando se ejerce contra la férrea voluntad de un Hombre-, más que un deleite estético, han desencadendo conmociones interiores.  Cuestionamientos inflexibles del yo frente a destinos colectivos.  Verguenzas profundas en la confrontación entre un yo generalmente pusilánime y la verticalidad de una conducta.

Porque al pueblo no se le engaña con almibarados discursos ni con modas pasajeras, plegadas al uso del momento.  Entre la palabra y el acto exige rigurosa correspondencia.  Otto René Castillo encarnó cada uno de esos versos.  Y si dijo:  “Vamos, patria, a caminar (…) Yo he de morir para que tú no mueras”, transformó en verdad la intuición premonitoria.  Hasta hacerse uno con el fuego, victim del antihumanismo de un oscuro jefe militar, posteriormente impuesto como Presidente de Guatemala.

La simbiosis perfecta de teorìa y práctica ha convertido a Otto René Castillo en el gran maestro de las últimas generaciones de guatemaltecos.  En la sensibilización sobre las condiciones de miserìas y opresion afianzadas desde siglos y en la formación de una conciencia sobre la impostergable necesidad de transformar ese orden social injusto, ha hecho más la poesìa de Otto René Castillo – como bien lo señala Mario Roberto Morales – que todos los manuales existentes en Guatemala.

No podia ser de otra manera. Porque – como buen maestro – la transparencia de su mensaje no necesita interpretes.  Sin doblaje, ahì se palpa su amor – passion a la patria, vista como “pequeña campesina”,  “antigua madre del dolor y el sufrimiento”, la del “pequeño corazón futuro”.  Brilla – nìtido – su repudio al intellectual aseptico.  Como látigo, “violento de las cóleras del pueblo”, resuena su verso contra “los coronels que orinan tus muros”.  Solidaria, su mano se extiende “a los de siempre”, a “los campesinos agrarios”, a “los obreros sindicales” al “que nunca traicionó/ a su clase”.  Orgulloso, frente al balance futuro, se siente “un victorioso”, satisfecho de “amar al mundo/ con los ojos/ de los que no han nacido/ todavìa.” Sabe que, en éstos, habrá un “retorno a la sonrisa”.  Su canto: “Por lo que no debe morir, tu pueblo: “  Guatemala.

Pero Guatemala sólo es la necesaria referencia especial.  La poesìa de Otto René Castillo trasciende la limitación geográfica y se extiende a la defense de lo que en cualquier lugar del mundo debe permanecer incólume.  la libertad “porque durante mucho/tiempo/se la busca,/para matarle a golpes/ su suave y claro/ corazón de multitudes.”  De ahì que su poesìa sea válida en todo lugar en donde, a golpes de picana, capucha, camas electrizadas…se la quiera destruir.  Y como tales engendros inquisitoriales rondan demasiado cerca, volver a la poesìa (y al ejemplo) de Otto René Castillo – cuando arrecian los vientos destructivos – se hace casi factor de sobrevivencia en dignidad.

La poesìa no tiene fronteras y América – “la que tenìa poetas/ desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl”, también es una .  Además, tratándose de poesìa lo único que importa – como lo preconizó Neruda – es que esté llena de pueblo: vale decir, de optimismo, de indeclinable determinación de vivir y luchar porque, aun “cuando todo en torno a uno/ es aún tan frìo y tan oscuro”, se tiene el privilegio de ver con los ojos de los que no han nacido todavìa.  Y al panorama es solidariamente hermoso.

Helen Umaña

 

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