Para que no cayera la esperanza

A LOS INTELECTUALES
En los momentos
de más tenso miedo
y de más espeso silencio,
hablar
es el resguardo obligado
para los intelectuales
de cada país
y si se quiere
imponernos el silencio,
tenemos que hablar,
en alto,
campanudamente,
aun ariesgo decaer
a la marea oscura
de donde ya nadie
se levanta,
sino para ser
el dulce corazón
de ceniza
de un múltiple recuerdo.
Pero si uno cae,
Uno cuyo amor
es más grande
que las catedrales juntas
de todos los planetas,
si uno cae,
es porque alguien
tenía que caer,
para que no cayera
la esperanza.
Siempre ha tenido
que caer alguien
en algún sitio,
cuando la dignidad,
la libertad
y la merienda
estuvieron tan lejos
de la vida cotidiana
y sencilla de los hombres,
que era necesario
mantener la altura
de los gestos amables,
la trayectoria
ronca y dura del coraje,
para no caer
definitivamente
al vil gusano
que husmea claudicación
en todas partes.
No cabe duda.
Antes del miedo
y el silencio,
ante la hosca represión
de los que temen
hondamente
al huracán del alba,
el intelectual
debe recordarse
que si huye
de su agudo destino,
que si se calla
claudicando
en forma perruna
a los pies de su temor,
algo de su país
huye y calla,
claudicando también con él.
Y esto es horrendamente
Amargo para un pueblo,
que no puede
renunciar a la lucha,
porque tampoco
puede renunciar
a la victoria.
Intelectuales
de mi aspero país,
os invito a la lucha,
a la proclama audaz
de nuestros sufrimientos,
al gallardo y atronador
pregón
de los combates que se libran
para que la libertad
ya no vista su luto
más oscuro
entre nosotros!