Para que no cayera la esperanza

ORACION POR EL ALMA DE LA PATRIA

¡Que los pueblos tenga paz,
Mucha paz, y sean felicesǃ

Popol Vuh.

Hundo mis manos en la tierra
y las semillas se me escapan
como ágiles lágrimas del campo.
Beso el arcilloso paraninfo
de los surcos hinchados de rocío
y el beso busca el viento floral
para encender su golondrina herida
en la pupila sensual de las estrellas.
Uno mi sangre con la tierra fresca,
para agrupar la resonancia de mi cuerpo
en el futuro azul de las palabras.
Hundo mi corazón en medio de la tierra
y por las milpas despliego sus hazañas
cuando crece pleno de cortesías
cereales sostenidas por el vuelo
que persigo desde siempre, cantando
desde siempre, luchando desde siempre
porque cambie el mundo su tristeza,
por un destello de amor,
por una rosa de palabras
dulces y de dulces pupilas.
Sabemos todos que la tierra
es ancha y eternamente nueva.

Sabemos que es tan ancha
como las caderas
de la cosecha más extensa.
Y sabemos todos
que un sol íntimo
alumbra el nacimiento
de los frutos y las flores.
Y que una fuerza ciega
empuja los colores y las hojas
hacia la mano transparente
de los vientos.

Pero sabed,
sabed bien que nadie ríe
en medio de las flores y los surcos,
sabed bien que ninguno
alza su alegría con las plantas,
sabed bien que nadie
apoya el canto de los pájaros
ni la mirada azul de las mareas.

Pero sabed,
sabed bien que ninguno
cuando canta anda tranquilo,
como el gorrión o como el trino
de los vientos, en la garganta
vegetal y verde de los pinos,
sabed bien que nadie
dialoga ya con el crepúsculo
y con el beso estrellado de la noche.

Sabed bien que ninguno
talla los siglos en la roca dura
ni cuenta más el paso de la luna,
sabed bien que nadie
habla ya con los volcanes y las piedras,
porque sus altos templos
están cayéndoles al alma
sin que los astros lo sepan
sin que lo sepan las montañas
ni el gesto azul de las bahías!

Amemos, sin embargo,
los dulces hombros de la tierra
pongamos nuestro oído milenario
en el pecho de clorofila de la selva
y aprendamos el lenguaje de los arboles,
volvamos nuestros pasos
hasta la primera semilla cultivada
y dejemos impreso nuestro canto
en su cotiledón sonoro.
Amemos, sin embargo,
campesinos callados de mi patria,
dioses multiplicados por el hambre,
vocativos ejemplos de la hoguera maya,
amemos, a pesar de todo,
la redonda emoción de nuestro barro,
porque mañana, campesinos mayas,
nietos de maíz, abuelos de mis manos,
la pureza perfumada de la tierra
será para vosotros
el puñado de polen
que siempre estuvo al acecho
de volcarse en vuestras vidas
y en la celeste huella del viento,
que se levantará del puro amor
para salvar el alma de la tierra!