La Guerrilla Fue Mi Camino

Julio César Macìas(Epitafio Para César Montes)

Otto René Castillo (P.163)

            Muchos han preguntado si Otto René escribió poesìa cuando estaba en la guerrilla.  Parece obvio que un fecundo autor no dejara pasar la intesidad de sus vivencias como guerrillero en la Sierra de la Minas, por lo que obligadamente, tendrìa que haber escrito algo.  Lamentablemente, la vida no es como quisiéramos o como la presuponemos.  Simplemente no corresponde a nuestros deseos, previsions o deducciones lógicas.  Especialmente, cuando se desconocen las interioridades de cómo se producen los acontecimientos en una forma de vida que es muy poco común.

            A su llegada a la Sierra de las Minas, Otto fue nombrado responsible de educación y orientación politico-ideológica del frente guerrillero.  Se le entregó una arma y los pocos libros que se tenìan, los que leyó una y otra vez hasta casi gastarlos.  Su arma no la usó nunca contra nadie.  Se le dio una explicación de las condiciones generales y las del momento en los frentes guerrilleros existentes.  Inmediatamente, se puso a escribir algunas anotaciones y propuestas para que fueran discutidas, como parte del trabajo que se le habìa asignado.

            Empezó formulado un plan de alfabetizació para los combatientes.  Consideró que ahì debìa arrancar su aporte; determine que los que sabìan leer debìan enseñar a quienes nunca tuvieron oportunidad de aprender.  Fundamentó la alfabetización como medio para que todos pudieran entender los posteriores trabajos de formación politico-idelógicas.  Formuló la necesidad de que los combatientes hicieran presentaciones teatrales entre sì y, posteriormente, con la población que nos apoyaba.

            Se representó una pequeña obra de teatro, en donde un soldado, casi analfabeta, mataba a un gerrillero para asì obtener los secretos de su sobrevivencia y valor.  El guerrillero usaba anteojos con los que podia mirar hacia el futuro, botas de sieteleguas con las cuales caminaba sin cansancio y una boina que le daba lucidez a su pensamiento.  La brújula le servìa para orientarse entre el bien y el mal, para no perderse, aún en las noches más oscuras; su corazón le permitìa amar y ser amado por las mujeres, los niños, los ancianos y por todo el pueblo de su paìs.

            El soldado capturo al guerrillero; le quitó las botas, la boina, la brújula y se dio cuenta que nada de eso le permitìa andar, orientarse, entender el mundo y ser amado por el pueblo.  Seguìa siendo odiado.  Entoces lo increpó, lo golpeó y le demand sus secretos;  El guerrillero le respondió que no habìa tales secretos; que para ser amado debìa estar en la guerrilla, junto al pueblo.  El soldado le gritó que eso era mentira y como el revolucionario se negaba a confesar- lo torturó, asesinó y le arrancó el corazón, en un último intento por desentrañar el misterio.  Otros combatientes vestidos como mujeres y hombres del pueblo se levantaron y simularon matar, sin armas al soldado.  Después, se llevaron el cadaver del guerrillero y lo enterraron haciéndole honores.

            A Otto René y Nora Paiz Cárcamo no les pudimos hacer honores.  Ni siquiera se les pudo nunca llevar una flor a su tumba.  Pero están presentes, no sólo en su pueblo, sino en otros paìses de Centroamérica y del mundo; mientras que nadie conoce ni el nombre siquiera del general casi analfabeta que dio la orden de asesinarlos y quemar sus cadáveres.

            Otto explicaba con suma sencillez, cómo un gran autor alemán (Bertold Brecht) habìa hecho teatro renovando técnicas y temas, con lo que se hizo grande y universal.

            César le cuestionó: “¿y vos crees que voy a poner a nuestros combatientes, experimentados y endurecidos por los enfrentamientos y las dificultades, a hacer teatro posponiendo el uso de las armas?”.

            El poeta respondió sin alterarse: “Creo poder hacer, con el teatro de la guerrilla, lo que no se puede lograr con las balas”.

            Ante el peso del argumento César se sintió desarmado para responder.  Otto continuo:  “Las balas de tus combatientes pueden hacer mucho frente al enemigo, pero el teatro puede provocar cambios en la mentalidad del pueblo, en su formación y en su participación.  Eso no se puede lograr con los fusiles.  Te propongo usar la fuerza de nuestros hombres armados para reunir a la población y entonces presentar obras de teatro concientizadoras que permitan profundizar y ampliar la integración popular al proyecto polìtico; precisamente el tipo de teatro que la sociedad burguesa no nos permitirìa jamás representar.  Un proyecto polìtico asì comprendido va a ser defendido después por el propio pueblo, aún a costa de sus vidas y aunque en un principio no tenga armas; ya después se harán de ellas, para defender mejor sus derechos”.

            El poeta habìa recibido entrenamiento militar, pero no se equivocaba: la Guerra era otra forma de hacer lucha polìtica. Al igual que los vietnamitas, valoraba la importancia de la propaganda y la lucha polìtica para ampliar la participación de grandes núcleos de población.  Nunca se creyó redentor, mártir o vanguardia, sino más bien, parte de un torrente popular que escribirìa su propia historia.

            Algunos han preguntado: por qué tuvo que participar en combates militares y no se le preservó.  El mando del frente guerrillero tenìa muy claro que era necesario protegerlo por lo mucho que podia aportar al proceso; por ello no se le distrajo en entrenamientos militares.  Pero es preciso aclarar que Otto no era un niño obediente que aceptara órdenes de quedarse encerrado en casa de seguridad de la ciudad, en donde el riesgo de caer preso y asesinado era más alto en aquellos tiempos y circunstancias.  Su decisión inquebrantable era correr con nosotros todos los riesgos, aceptar todas las responsabilidades, enfrentar los desafìos.  Un dirigente del PGT le propuso integrarlo a alguna estructura de la ciudad, en donde estarìa resguardado.  Su reacción fue la de negarse, molesto por la propuesta, demandando la integración inmediata al frente guerrillero.

            De todos modos, siempre hubo la preocupación de concentrarlo en las funciones en las que, sin duda, podrìa ser mayor su aporte y su seguridad.  Para ello, se le asignó un compañero que anduviera con él y le diera ejemplos y lecciones sobre la vida en las montañas.  Es indudable que para él resultó muy difìcil ese primer perìodo de aclimatación.  Pero su más grande renuncia y lo más duro de superar era la falta de libros; menos mal que habìa llevado consigo alguno que leìa y releìa constantemente.  Otra renuncia, no menos grande, fue la del licor.

            Una periodista norteamericana que subió a la montaña para entrevistar a la jefatura del frente guerrillero, escribió sobre lo sorprendida que quedó al encontrarse con que uno de los guerrilleros estudiaba “Das Kapital” y hablaba perfectamente el alemán.  Para la estereotipada periodista, este hombre –de nivel cultural arriva del promedio- no cabia en el esquema de “terroristas de la Sierra Madre”. También para algunos en la izquierda resultaba un total contrasentido que los intelectuales tuvieran que subir a la serranias.

            Constantemente se armaban discusiones sobre la táctica y estrategia de las FAR en la guerra; los problemas en la construcción de una nueva sociedad en los paìses del bloque socialista; la crìtica a las burocracias de los partidos comunistas en el poder y las interpretaciones psicológicas de Barbas de Oro. A Otto René le unìan a él estrechos nexos y cientos de discusiones fraternas, aunque a veces acaloradas.

            También se enfrascaba en didácticas y pacientes pláticas y explicaciones con los combatientes de origen humilde, que lo abordaban para consultarle sobre un amplio prisma de temas.  En esas oportunidades, asumìa una genuina actitud de aprendizaje ante las lecciones dadas por la sabidurìa popular.  

            Se dedicó a reescribir la historia nacional con un lenguaje accesible y vision rigurosa, cientìfica, dialéctica y asentada en hechos reales y no en los mitos que nos habìan enseñado en las escuelas.  Conversaba con los indìgenas y los campesinos para luego sentarse nuevamente a tomar notas y a explicar, cada vez más profundamente, más sencillamente, los hechos de la conquista, la independecia, la lucha entre liberales y conservadores, la Revolución Democrática del 44-54 y el surgimiento de la lucha armada.

            Inició un proceso de elaboración-exposición y nueva reelaboración de la historia patria, que enriquecìa con descripciones sobre la belleza de la geografìa nacional.  La descripción de la batalla de los españoles y los k’iche’s, en los llanos de Olintepeque, estaba adornada por su amor a sitios quizá recorridos en su infancia; del sentido de patria, enriquecido por sus profundos sentimientos para con la región donde nació y creció.

            Sus descripciones daban la sensación de que hablaba de su novia-amante-esposa, cuando describìa a la patria.   En él la imagen de Guatemala era profundamente femenina y sensual; relataba su historia como si hablara del romance que vivian su paìs y él; lo doloroso de la separación del ser amado cuando estuvo en el exilio; expresaba en una tónica especial, cómo si habìa sido literalmente parido y amamantado por su “dulcis Guatemala”.  Hubo en él una identificación estrecha de mujer-paìs.

            Siempre dio la sensación de estar necesitado de ternura, de afecto, amor y pasión; de estar presto a ser el amante oportuno que llenara los vacìos de soledad, porque aparentemente y según su visión del mundo, la amargura más grande del ser vivo era la soledad misma.

            En cierta oportunidad, César le criticó: “Otto, no seas tan zalamero, tan coqueto con las compañeras o con las periodistas que nos visitan”.

            -¿Y qué voy a hacer yo, si soy indio?, respondió en una graciosa e inédita forma de autocrìtica, dulcemente cìnica.  Nunca se le podrìa ubicar entre los discriminadores ladinos que buscan compensar o disfrazar esa actitud, elogiando exageradamente o mitificando al indìgena.  Su visión era legìtimamente integradora y no indigenista, asimilacionista.

            En alguna ocasion, después de que se hubo burlado una operación del ejército enemigo –para lo cual hubo que bajar, y subir riscos, lomas llenas de exhuberante vegetación, rìos aparentemente infranqueables, hasta acampar en una tranquila, humeda y pequeña planicie, fuera de todo riesgo- Otto comentó: “Creo que sin nuestros combatientes indìgenas y campesinos, estarìamos fritos; son magnìficos guìas y como hermanos mayores en las dificultades de nosotros, los citadinos”.

            Luego de algún tiempo en la Sierra de Las Minas, se produjo una conversación en la que César le preguntó a Otto René si iba a escribir algún poema en la montaña. La respuesta no se hizo esperar, como si la hubiera pensado muchas veces: “Mi vida en la guerrilla es mi más grande poesìa”.

            No se puede explicar fácilmente cómo fue que escribió el poema donde menciona que ha “vuelto para morir”, de todos conocido.  En él, Otto René cuenta cómo su adorada madre le pregunta, “Hijo, ¿por qué no te vuelves a Alemania? y él le responde, “ay, madre, quién como yo quisiera, y quién como yo se queda”.

            Curiosamente, no era dado a mencionar la muerte de nadie, ni mucho menos la propia.  Siempre hablaba de la vida, del amor, la solidaridad, la lucha, de volver algún dìa a Alemania, del dìa del triunfo, del teatro, el cine, el arte, la cultura y la educacìon, sobre multiples planes futuros, siempre sobre el futuro, radiante y luminoso para su pequeña y dulce patria.

            César se despidió de todos sus compañeros y especialmente de Otto René y Nora Paìz, porque debìa bajar a la ciudad de Guatemala.  Allì se enteró que habìa sido capturados y que los tenìan en el campamento contraguerrillero de La Palma, cercano a Rio Hondo.  Para ganar tiempo y salvarles la vida, se habló con el jefe del Estado Mayor del Ejército, Rafael Arriaga Bosque, quien era padrino de bautismo de Nora.  El prometió “investigar si era cierto que estaban capturados” y garantizarles la vida.  Necesitabamos unos dìas para realizar alguna acción que obligara a un canje de prisioneros importantes.

            El choque se dio en la Finca Alejandrìa, con una fuerza enemiga que contaba con superioridad militar y la ventaja de la sorpresa a su favor.  En medio de esta ofensiva militar, se les llevó imprudentemente a Otto y a Nora, hasta la casa de Cornelio Portillo, un viejo colaborador de la guerrilla que estaba bajo el control del Ejército.  Su captura es responsabilidad única y exclusiva del jefe de la guerrilla que dejó perdidos a Otto René y a Nora –cuando no conocìan el terreno ni contaban con buena experiencia militar- y que después huyó para salvar su vida, habiendo abandonado a sus combatientes.  Asì, Nora y Otto tuvieron que retirarse solos perdidos, sin alimentos, hasta que cayeron en manos del ejército enemigo (en Zacapa, dirigido por el Chacal Carlos Arana Osorio), que los torturó, asesinó y posteriormente quemó sus cadávers.

 

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