Otto René Castillo

SU EJEMPLO Y NUESTRA RESPONSIBILIDAD

Por Roque Dalton

I

    Otto René Castillo nació en Quetzaltenango, Guatemala, en 1936.  El derrocamiento de la dictadura de Ubico y el inicio de la etapa democrática (gobiernos de Arévalo y Arbenz) cayeron como una ola sobre la niñez del futuro poeta y héroe revolucionario, y llenaron de estímulos políticos-sociales su vida circundante, sus anos del la primer educación, su adolescencia.  Cuando el imperialismo derroco en 1954 al gobierno de Arbenz, frustrando para una larga temporada la revolución guatemalteca,  Otto René Castillo era Presidente de la combativa Asociación de Estudiantes de Post-Primaria y uno de los activistas juveniles más destacados del Partido guatemalteco del Trabajo (comunista). A los 18 años de edad, junto con un nutrido grupo de revolucionarios guatemaltecos se establece en El Salvador, buscando la proximidad a la patria que haría más eficaz la continuación de la lucha.  Ingresa a la Universidad después de un tiempo de dedicarse a diversos oficios para ganarse la vida: sereno de un parque de automóviles,  pintor de brocha gorda, vendedor de libros.  Simultáneamente escribe con gran intensidad poemas revolucionarios que pese a ser obras de primera juventud, llaman la atención en los círculos culturales de El Salvador y que, paradójicamente, le abren las puertas de la “gran prensa” salvadoreña, sobre todo después de la obtención del Premio Centroamericano de Poesía de la Universidad, en 1955. 

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*Roque Dalton. (El Salvador, 1916). Poeta y ensayista.  Su libro Taberna y otros lugares obtuvo en 1969 el premio de Poesía de la Casa de las Américas.

“Paradójicamente”, por la tradicional calidad reaccionaria de aquella prensa y por la calidad militante interrumpida en la vida del poeta.  En efecto, Otto René Castillo paso de inmediato a militar en las filas de P.C. Salvadoreño, desarrollando, además de un intensa labor proselitista en los medio intelectuales, una regular actividad revolucionaria relacionada con la lucha del pueblo guatemalteco que tenía en El Salvador, y desde El  Salvador, frentes de trabajo clandestino establecidos.  Otto René Castillo durante aquel lapso atravesó la frontera guatemalteco-salvadoreña en varias ocasiones, en la más rigurosas clandestinidad, y corriendo riesgos palpables.  Desde entonces dejo evidenciado su arrojo, su disposición a asumir las tareas desde el punto de vista de la importancia revolucionaria de las mismas y no por el peligro personal que pudieran entrañar, esa forma joven y a la vez sabia de vivir la militancia comunista como lo que en ningún momento puede dejar de ser: un combate que no detiene nunca.  Su poesía se nutrió del dolor de su pueblo y de su indoblegable esperanza y fue un ardiente llamado combativo u un homenaje a los sectores mas explotados de Guatemala: las masas indígenas.  Sus poemas a Atanasio Tzul son un ejemplo concreto de tal actitud.  Su actividad política y literaria en El Salvador fue sumamente importante: desde el seno del Círculo Literario Universitario fue un trabajador inagotable a favor de la unificación de criterios de los artistas y escritores jóvenes de aquella época, sobre los problemas de la responsabilidad social-revolucionarios del creador y asimismo un divulgador de los poetas revolucionarios que más influyeron en el punto de partida de lo luego se llamara “la generación comprometida” (Nazim Hijmet, Miguel Hernández, Cesar Vallejo---visto como poeta comunista---,Pablo Neruda, etc.): desde las organizaciones del PC y otras entidades democráticas, fue un esforzada divulgador de las ideas marxistas.  Tuvo asimismo una influencia importante en numerosas adhesiones de escritores y artistas salvadoreños jóvenes a las ideas revolucionarias y a la militancia comunista.  Su labor poética trascendía las fronteras salvadoreñas, volvía a Guatemala (donde obtuvo el Premio Autonomía --- de la Universidad—en 1956) y resonaba en Europa (la FMJD le otorgo, desde Budapest, el Premio Internacional de Poesía en 1957).

    Extrovertido, vital, de personalidad fuerte y simpática, no fue, sin embargo, una figura exenta de errores y las debilidades de los jóvenes revolucionarios centroamericanos de su época.  Su afán de vivir intensa y apasionadamente la vida, le cobro su precio frente a la severidad de sus camaradas mayores en edad y experiencia y le significo conflictos, desgarramientos, problemas.  Sus camaradas jóvenes le aceptaron siempre, por el contrario, en su rica totalidad humana, necesariamente contradictoria con el medio.  Quizás el motivo más importante de citar este aspecto de su personalidad sea el de salvarlo del riesgo, que puede propiciarle su muerte admirable, de pasar a la historia como un santón, como uno de esos personajes planos a que nos tiene acostumbrados el apologismo póstumo.

    En 1957, Otto René Castillo regresa a Guatemala, poniendo fin a su fructífero exilio salvadoreño.  Sigue estudios de Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad de San Carlos donde recibe el premio “Filadelfo Salazar” al mejor estudiante y obtiene por su aprovechamiento una beca para hacer estudios en la RDA.  En 1959 inicia sus estudios de Letras en Leipzig.  En 1962 abandona la primera carrera para ingresar la Brigada Joris Ivens, grupo de cineastas que sobre la base de una preparación técnica y paramilitar intensiva serían los cuadros de un vasto plan para la filmación de materiales sobre la lucha armada de liberación de los pueblos latinoamericanos, dirigidos por el famoso cineasta holandés.  Al terminar sus cursos, regreso al país en 1964.  De nuevo se inicia la turbulenta mezcla de militancia política y de actividad cultural, marcada por un hecho histórico clave para Guatemala: se ha iniciado ya la lucha armada popular contra el poder opresor.  En esta etapa, Otto René Castillo armoniza eficazmente su sensibilidad poética y su capacidad de trabajo revolucionario dirige el Teatro De la Municipalidad de Guatemala al tiempo que participa directamente en la actividad clandestina de la lucha armada.  Bien pronto el aparato de represión del enemigo fijaría los ojos en esa su intensa actividad y comenzaría a tenderle el cerco.  Cuando fue capturado en 1965, estaba a punto de subir a la montana para hacer un reportaje cinematográfico oficial de las FAR a los destacamentos guerrilleros.  El régimen militar lo envía de nuevo al exilio.  Las organizaciones revolucionarias guatemaltecas le imponen entonces una responsabilidad internacional: pasa a ser representante de Guatemala en el Comité Organizador del Festival Mundial de la Juventud, que se iba a celebrar en la capital de Argelia.  Con este cargo el poeta nuevamente recorre Alemania, Austria, Hungría, Chipre, Argelia y Cuba.  Culminados los trabajos de dicho Comité, permanece unos meses en Cuba y luego regresa definitivamente a Guatemala para incorporarse a las guerrillas de las FAR comandadas por Cesar Montes.

    Desarrolla una importante labor ideológica en el seno de las unidades de guerrillas y llega a ser nombrado responsable de propaganda del Regional Oriental de las FAR.  Sus jefes militares y sus camaradas de armas hablan emocionalmente de su aporte material y humano a la dura lucha guerrillera guatemalteca, su entrega al trabajo, su espíritu jovial ante el capturado por las fuerzas antiguerrilleras del gobierno.  Junto con la compañera Nora Paíz fue conducido a la base militar de Zacapa y después de haber sido terriblemente torturado y mutilado, fue quemado vivo.  Sus propios verdugos han testimoniado su entereza y su coraje ante el enemigo, al tormento y la muerte: murió como un indoblegable luchador revolucionario, sin ceder un ápice en el interrogatorio, reafirmando sus principios basados en el marxismo-leninismo, en su ferviente patriotismo guatemalteco e internacional, en su convencimiento de estar siguiendo—por sobre todos los riesgos y las derrotas temporales—el único camino verdaderamente librador para nuestros pueblos, el camino de la lucha armada popular. 

    La obra poética de sus últimos años de vida fue recogida en el volumen Vámonos Patria a caminar, cuyos originales había corregido el autor en la cárcel en 1965, reeditado póstumamente en 1968, en México, con prologo de Cesar Montes (en el año 1964 Otto René Castillo había publicado en Guatemala Tecúm Umán).   Posteriormente un familiar del poeta en Alemania hizo llegar a quien escribe estas líneas un extensa colección de su obra inédita, en la aun trabajaba hasta poco antes de su muerte. 

   En la confección de la Antología de su obra que publico Casa de las Américas en La Habana bajo el titulo de Poemas, se han utilizado principalmente materiales incluidos en Vámonos Patria a caminar y en las colecciones inéditas.  Se trata de poemas inscritos en dos corrientes principales: la corriente amorosa y la corriente político-ideológica.  En el primer caso es evidente que el amor en la poesía de Otto René Castillo es algo más que la simple exaltación de la relación hombre-mujer: es la reafirmación constante del sentimiento de la vida, contrapuesto en todo momento a la injusticia, a la tristeza y la muerte.  En el segundo caso, la expresión poética toda pasa a ser un instrumento de la convocatoria a la lucha revolucionaria (para la cual se usa tanto la incitación directa nerudiana como algunos conscientes distanciamientos de corte brechtiano).  Otto René Castillo murió antes de llevar su poesía a la más alta depuración estilística: fue asesinado a los 31 años de edad y hay que decir que la tarea poética se vio obstaculizada finalmente por su entrega total a la lucha revolucionaria.  Sin embargo, su obra, de la cual el libro publicada en Cuba es solamente una parte representativa, quedara como un esplendido testimonio de pasión, confeccionado en el lenguaje necesario para conmover a los hombres de este tiempo en que el, como una ráfaga de fuerza y de autenticidad.

II

    Otto René Castillo ejemplifica el más alto nivel de responsabilidad del intelectual revolucionario, del creador revolucionario, en la unidad del pensamiento y la práctica.  Es menester, sin embargo, tratar de inquirir en las características de su proceso vital e intelectual, para extraer las lecciones pertinentes, que sin lugar a duda serán de extraordinaria utilidad para la nueva promoción de artistas y escritores revolucionarios (y para todos los revolucionarios en general) que, particularmente en los países de América Central, se enfrentan con las innumerables alternativas morales, estéticas y socio-políticas que les plantea la elevación del nivel de vida de la lucha revolucionaria de los pueblos.  La vida de Otto René Castillo es algo más que un proceso normal de concientización y superación del militante político, del intelectual revolucionario centroamericano.  ¿Hay elementos nuevos en ese proceso que hemos calificado como ejemplar?  ¿Qué aporta a la problemática palpitante de la relación intelectual-revolución? 

    Otto René Castillo inicia su actividad pública en la época final de la etapa democrática guatemalteca (1944-1954), y en el seno del Partido Guatemalteco del Trabajo.  En un periodo complejo y contradictorio.  Por una parte tiene la excepcional oportunidad, dadas las condiciones centroamericanas, de poder entrar en contacto directo y a plena luz del día con la literatura revolucionaria; con la visión, no importa qué lejana y esquematizada, del mundo socialista; con la experiencia del contacto con las masas, entendidas éstas como frentes de trabajo de las organizaciones de Partido.  Esta oportunidad le daba ventajas indudables frente a los jóvenes que en aquellos días despertaban a las inquietudes de la creación y los problemas despertaban a las inquietudes de la creación y los problemas sociales en El Salvador, Honduras, Nicaragua y frente a sus compañeros guatemaltecos que no pasaron por la escuela de la experiencia política.  Pero por otra parte, el joven y ardiente poeta, recibe la influencia directa de la corriente dogmatica que por entonces monopolizaba en lo fundamental el pensamiento revolucionario mundial, es afectado por esa crucial etapa de la democracia guatemalteca que es también una etapa de descomposición generadora entre otros factores, de las condiciones que propiciaron la derrota y la instauración de la reacción del poder, y por la actividad en los sectores revolucionarios que fueron en su conjunto responsables de la derrota final de aquella etapa en la forma en que esta se produjo, es decir, sin pelear.  La fuerza verdadera del pensamiento revolucionario es tal, que incluso los frutos de sus deformaciones tienen determinadas funcionalidades en circunstancias concretas.  En la etapa de profunda desmoralización que siguió a la humillante derrota de Guatemala ciertas connotaciones del viejo espíritu militante en las cuales se había insistido tanto que habían llegado a tomar un tinte ridículo, sirvieron a muchos revolucionarios guatemaltecos para aferrarse con las mandíbulas apretadas y los puños en los bolsillos, a la esperanza intima en el triunfo final.  La prueba que dio Otto René Castillo entonces fue de verdad importante: estuvo entre los que superaron la derrota con espíritu combativo.

    De ese alto nivel de problemas Otto René Castillo cae a la soleada caverna que era la vida en la capital salvadoreña.  Gobernaba entonces el Coronel Osorio en un periodo de “Vacas gordas”: los precios del café subieron al Everest en el mercado internacional, la represión había eliminado por el momento el peligro de un oposición de izquierda en el país y, como si aquello no fuera bastante, los gobiernos centroamericanos, los derechistas guatemaltecos y el imperialismo norteamericano, acababan de dar al traste con el “comunismo” de Guatemala.  Osorio repartía cheques, tierras, premios de la Lotería entre sus amigos, sobornaba a las fuerzas vivas y mantenía un clima represivo limitado.  Los estudiantes universitarios se solidarizaban con los revolucionarios guatemaltecos y denunciaban el enriquecimiento ilícito de los grandes jerarcas.  Fue a este medio al que llego Otto René Castillo con su joven experiencia guatemalteca.  Por su parte, la izquierda salvadoreña, principalmente el pequeño núcleo de marxistas nominado Partido Comunista Salvadoreño, trataba de salir no solo de la clandestinidad limitativa a la que había sido llevada por Osorio, sino de su enconchamiento de décadas.  Su influencia creció en los medio universitarios con la actividad de camaradas como el poeta guatemalteco.  El Gobierno del Coronel Lemus que sustituyo el desprestigiado régimen Osorista en 1956 y que sabía que había pasado la época de las vacas gordas se inaugura con medidas tendientes a atraerse el favor popular: el reingreso de los exiliados, la permisión de organización a la clase obrera, la derogatoria de las leyes fascistas, las grandes promesas.

    En tales condiciones se abrieron perspectivas amplias para el trabajo cultural revolucionario a nivel público.  Se fundaron diversas organizaciones de escritores y artistas jóvenes (entre ellas el “Circulo Literario Universitario” que hizo las veces de un organismo universitario de difusión cultural, pero que tuvo la función primordial de nuclear, de organizar, a los creadores jóvenes universitarios).   Los poetas salvadoreños, y Otto René Castillo muy descolladamente entre ellos, invadieron las páginas de los diarios locales y las revistas, dieron conferencias y recitales, polemizaron sobre diversos temas, plantearon mesas redondas, protestaron y, marginalmente, hicieron una vida entre militante y bohemia: de la reunión del Partido se iba a la cervecería y en ocasiones al revés , surgieron los grandes amores efímeros, las trágicas pasiones que repetirían hasta el cansancio Los versos del Capitán. 

    Sin embargo, bajo aquella febril actividad, existían preocupaciones de fondo.  El tema de discusión principal bien pronto fue el de la responsabilidad social del escritor y del artista en las condiciones de los países atrasados y super-explotados de la América Central.  Miguel Angel  Asturias el poeta guatemalteco a quien se suponía que la etapa democrática de Arévalo y Arbenz había despojado de su pasado ubiquista, era respetado por las juventudes centroamericanas como un creador y un honesto revolucionario.  El aporto una frase que sintetizaba los anhelos de los jóvenes cansados de saber que los poetas Vivían lamiendo las sobras des festín de la oligarquía: “El poeta es un conducta moral”.  Sobre esta frase se improviso un pequeño pero solido edificio de principios ético-estéticos: el poeta es una conducta moral”, debe escribir como piensa y vivir como escribe, está comprometido con el pueblo, con sus luchas liberadoras, con la revolución.   

    Otto René Castillo fue uno de los principales animadores de aquel espíritu.  Fuera de aquella frase de Asturias, los jóvenes que rodeaban a Otto René Castillo preferían aceptar que muy poco debían a las generaciones anteriores y que en el terreno político-cultural, la juventud centroamericana era una juventud sin guías, sin maestros ejemplares.  Los exiliados salvadoreños “comunistas” que regresaron por el permiso del Gobierno de Lemus bien pronto mostraron su verdadera cara: desde los que rápidamente se deterioraron en el contacto con la realidad nacional hasta los que simplemente se evidenciaron como definitivamente separados de las filas de la revolución.  Los libros que gentes de esa generación en fuga publicaron para explicar “la iconoclastia de los jóvenes” (como el deplorable, eclesiásticamente primitivo “Patria y Juventud” del Dr. Julio Fausto Fernández, ex Secretario General  del Partido Comunista que “escogió la libertad”) cayeron en el frio ridículo de la indiferencia.  Había que comenzar, con humildad pero con rabia, de cero.

    En aquel ambiente sobrecargado de inocencias, de buenas intenciones, de desconciertos, de verbosidad, de subdesarrollo, Otto René Castillo participaba como un nuevo tipo de salvadoreño y un nuevo tipo de guatemalteco, un nuevo tipo de compatriota y un nuevo tipo de extranjero: como un centroamericano revolucionario, que al hacer de El Salvador su patria – no su segunda patria—comprobada la identidad de Guatemala con los pueblos oprimidos del otro lado de sus fronteras.  Eso lo salvo de la retorica simple (literaria y política) y lo puso --- junto a un reducido grupo de salvadoreños--- en la vanguardia de las inquietudes revolucionarias de aquella etapa.

    En 1957 regresa a Guatemala.  En ese año, por primera vez desde 1932, han viajado jóvenes salvadoreños a la URSS, que a su regreso han planteado en voz alta sus experiencias.  ¿Se insistía aun en que el poeta es una conducta?  Si, y se paso a delimitar la forma organizativa de esa conducta. Cuando Otto René Castillo regresa a Guatemala, los principales poetas y escritores jóvenes de El Salvador aceptan que la máxima encarnación de la conducta moral revolucionaria del poeta y la más alta forma de cumplir el compromiso con su pueblo consistía en ingresar y militar en el Partido Comunista.  Otto René Castillo había invertido un gran esfuerzo en colaborar para lograr esa aceptación.

    Antes de sacudirse todo el polvo del camino entre San Salvador y Guatemala, Otto René Castillo conoce, al mismo tiempo que toda América latina, una noticia llena de romanticismo y de poesía:  un grupo de jóvenes cubanos, encabezados por Fidel Castro, habían desembarcado en Cuba para iniciar la guerra revolucionaria contra el régimen de Batista.

    El regreso de Otto René Castillo a Guatemala es la oportunidad del recuento, del nacimiento del espíritu autocritico (frente a sí y a sus filas de militancia). Cara a cara con su raíz original.  Es menester hacer algunas presiones en aspectos que hasta aquí se han señalado en sus rasgos más generales, no con el afán de decir la última palabra sino para comenzar a señalar los términos de una discusión, de una profundización en el conocimiento de esta problemática, que será cada vez más insoslayable.

    La “promoción cultural” a la que Otto René Castillo perteneciera en Guatemala, tuvo una serie de características que la singularizan entre todas las otras en el transcurso del siglo.  En lo político, esta generación careció de las ataduras de grupo propias de las generaciones anteriores (“grupo” de intelectuales corifeos en las sucesivas épocas de las dictaduras, grupos partidistas formados en atención de los partidos político de la pequeña burguesía y la burguesía en la etapa de Arévalo y Arbenz, etc.)  Esto dotaba a Otto René Castillo de una posición de avanzada al ser un militante del PGT, lo organizaba y lo hacía en cierta forma la encarnación individual de la organización en los medios culturales.  Pero se trataba de una militancia dad en una etapa muy cercana a la derrota, que no profundizo en el examen de la experiencia concreta que se había atravesad, ni dilucido las responsabilidades que le cabían a todos los revolucionarios en la reciente debacle.  La nueva generación no agrupada, veía con respeto al PGT esencialmente porque era la única fuerza política que bajo el error reaccionario trataba de organizar la resistencia clandestina y porque el compromiso de aquellos jóvenes era con Revolución, así con mayúsculas, idealizada, abstracta, sin perfiles precisos y no tenía (o tenía miles) vía concreta, fuerzas motrices, carácter, formas de lucha.  Otto René Castillo, en la avanzada militante, era uno de los muy escasos miembros de su “promoción cultural” con posibilidades materiales de tener acceso al problema central de ese nudo desconcertante: el problemas de la línea política de la organización revolucionaria, el problema de la línea política que había producido la derrota, el problema de la línea política que permitiría retornar a la ruta correcta de la lucha revolucionaria eficaz.  Desde luego tener acceso al problema no significa resolverlo, ni siquiera manejarlo en sus términos justos.  Para Otto René Castillo ese acceso directo debido a la militancia se resolvió en una aglomeración de elementos de juicio que solo adquirirían un orden utilizable en el futuro. 

    Otra característica de la promoción guatemalteca a la que Otto René Castillo perteneció estuvo deparada por las condiciones materiales en que sus miembros tuvieron que desarrollar la labor creadora inicial.  Su obra literaria se comenzó en adversidad, en el exilio o en el país – con la horgas castillo-armistas asaltando casas, haciendo piras de libros en el centro de la cuidad, cazando a moros y cristianos en su afán de limpiar el país de “comunistas”--. Tras el reflujo que significo 1954 los jóvenes se encontraron ante la casa destruida, los sueños casi adolescentes derrumbados y la gigantesca tarea de rehacer lo que los mayores habían permitido hollar y destruir al enemigo.  Esto, dentro de la amargura, tuvo sus relativas ventajas la integración de la obra literaria y la actividad revolucionaria, fue solucionada por la acción del enemigo que lanzo a la juventud a la resistencia pasiva o al exilio.  Ya se ha dado una visión de Otto René Castillo, poeta novísimo en El Salvador, dividiendo su tiempo entre la poesía y la acción conspirativa.  Mientras tanto, la mayor parte de los escritores formados, dentro de la década democrático-burguesa, reformista 1944-54, languidecían en un exilio nostálgico que termino por extranjerizarlos o buscaban el acomodamiento en el interior del país en el seno mismo de la nueva dictadura.  La mayoría de los jóvenes sin embargo, avanzando a manotazos en la oscuridad comprendían cada día mejor que la única forma eficaz de luchar por una literatura y por un arte históricamente responsables, era combatir al enemigo, al opresor, al restaurador del oscuro pasado.  Este sería el lema de Otto René Castillo y de sus compañeros de promoción que dieron el salto hacia adelante y abandonaron todos a los más pesados de sus lastres.

    La oscura muerte de Castillo Armas fue el factor desencadenante de la vuelta a la patria de los exiliados guatemaltecos; pero, en lo demás, aquel hecho sangriento no cerraba ni abría otras etapas.  La cadena de opresión iniciada por la contrarrevolución de 1954 tenía más prolongaciones y ramales que los aparentes. En la historia del movimiento revolucionario guatemalteco, ese periodo que se dio en llamar “de transición” desemboco en la asunción del poder (frente a una izquierda embarcada en la “conciliación nacional”) por el viejo general ubiquista Miguel Idígoras Fuentes.  Aunque la situación dejaba aparentemente muy poco espacio para la acción política de un joven poeta revolucionario, para Otto René Castillo aquel brutal encuentro con la realidad politizada en n sentido diverso al de los sueños morales de la juventud, no significo un desgarramiento sino un aprendizaje concreto.  En lo estrictamente literario y cultural, su vuelta a la patria significo al reencuentro con los viejos amigos, con los escritores que de alguna manera había admirado, el recuento no solo de los logros de cada uno sino de las deserciones de las fidelidades.  Se inscribe en la facultad de Derecho, que había sido uno de los pocos baluartes de la resistencia.  Ahí se da a la tarea que impone el momento: reagruparse, buscar nuevas formas organizativas, crearlas y hasta inventarlas.  Así surgió, en el seno de aquella Facultad universitaria, como la primera expresión de la cultura combatiente de Guatemala desde 195, la revista mensual  (de cuyo Comité de Redacción, Otto René Castillo formo parte) Lanzas y letras.  

   Lanzas y letras, muy pronto, sobrepaso los limites que sus fundadores se habían planteado.  Revista concebida originalmente como órgano cultural estudiantil, sus páginas fueron de inmediato invadidas por todas las voces del presente nacional y mundial, pasando a ser una fuente viva de inquietudes, sugerencias, preguntas, esbozos de respuestas.  En Lanzas y letras  aparecen los primeros balbuceos del auto-reconocimiento de la cultura guatemalteca revolucionaria después de los anos de absoluto oscurantismo mercenario.  La labor de esta publicación fue importantísima en esa etapa y trascendió hasta los países vecinos de América Central.  Otto René Castillo no llego a ver sino algunos de los primeros nueros de la revista, pues se le otorgo, a través de la Asociación de Estudiantes Universitarios de Guatemala (AEU), la beca para estudiar en Alemania.

    Desde un momento determinado de su vida literaria y política, Otto René Castillo es un ejemplo ascendente de ruptura con los diversos niveles de la tradición.  Primeramente había introducido en la poesía y en la visión político-cultural un nuevo enfoque del tema vernáculamente enfrentado  el del indígena explotado.  En una zona tan profundamente marcada por lo indígena se da el caso de que incluso los Partidos comunistas carezcan de una política indígena.  El planteamiento de Otto René Castillo en este terreno involucraba un re-examen del total de nuestras nacionalidades a partir de las raíces culturales realidad, de nuestra nacionalidad común, de nuestra historia.  Esta profundización en nosotros mismos nos hace cobrar una clara visión de la medida en que somos parte vital de la revolución de América Latina y del mundo y nos obliga a instrumentar en concreto nuestros anhelos revolucionarios, nuestros principios conceptuales.  Hay que decir que en el lapso de que hablamos se produjo el triunfo y la consolidación de la Revolución Cubana que, como huracán y enriquecedor, rompió para siempre los mitos del exclusivismo revolucionario, cuestionando hasta las más hondas raíces de sus estructuras y organismos las tradicionales formas de lucha cuya ineficacia en diversos niveles se ha llegado a convertir en diversas ocasiones en freno objetivo del desarrollo revolucionario.

    Tras varios años de lucha armada, dura y heroica, dolorosa y plena de gloria pero, sobre todas las cosas, inevitable, Guatemala presenta a los revolucionarios latinoamericanos, y especialmente a la juventud centroamericana, un ejemplo de plena asunción del deber histórico que será indispensable incorporar a la experiencia común.  Tal asunción se encarna en lo individual en los heroicos combatientes caídos como el Comandante Luis Augusto Turicos Lima, como Pascual, como Nora Paiz, como el Capitán Arnoldo, como el Comandante Néstor Valle, como Otto René Castillo.  Pero el curso de estos años ha traído además, como todo proceso de crisis de las viejas estructuras, otro tipo de ejemplos que deben ser considerados con atención.  Como se ha dicho antes, en 1954 los escritores jóvenes centroamericanos, a través del grupo de que formaba parte Otto René Castillo en El Salvador levantaban como una bandera la frase de Miguel Angel  Asturias: “El poeta es una conducta moral”.  El tiempo ha ido perfilando las líneas de conducta de quienes declararon asumir tal enunciado.  A la par de la fidelidad a los principios, de la abnegación en aras de vivir el decoro de la actitud revolucionaria indoblegable, es posible ubicar en las filas de los revolucionarios de entonces (y específicamente de la joven intelectualidad de entonces) las caídas en la banalización de la actitud ante la vida, de la frivolización de la conducta y de la obra, del acomodamiento oportunista, de la deserción y la traición.  Justo es decir que estos casos negativos son, en la generación a la que perteneció Otto René Castillo, infinitamente inferiores a los casos de las generaciones anteriores: en lo fundamental la mayoría de sus coetáneos y de los que participaron en sus luchas iníciales, siguen manteniendo su actitud positiva.

    Los campos se delimitan cada día más y por ellos es que resulta necesario establecer ciertas presiones que pueden parecer tajantes.

    En cuanto a los intelectuales, específicamente en cuanto a los escritores y artistas la muerte de Otto René Castillo (y las posteriores de Leonel Rugama, el combatiente del Frente Sandinista de Liberación nacional de Nicaragua; de Roberto, Obregón Morales, el poeta guatemalteco asesinado en complicidad por las autoridades de Guatemala y el Salvador), muerte de guerrillero revolucionario, de combatiente comunista, viene a decirles que ya la violencia armada invadió en Centroamérica los terrenos de la cultura y estará presente hasta en el último rincón de la mas hermética torre de marfil.  Que en Centroamérica, lenta y penosamente comenzó y esta asegurando sus raíces la guerra de los pueblos.  De esto tenían ya constancia en carne propia desde hace tiempo los campesinos, los obreros, los hombres de la vanguardia política:  ahora deben saberlo también los creadores.  Y prepararse a actuar en su obra y en su vida a la altura que demandan y demandaran las circunstancias.  El enemigo reaccionario, nacional, centroamericano, internación, pretende echar una cortina de humo sobre esta verdad y al mismo tiempo que pretende imponer una inmaculada “pacificación” basada en una de las mas criminales represiones que recuerdan los países centroamericanos en las últimas décadas, lanza sus campanas de soborno y de subyugación destinadas a obtener si no la complicidad, al menos el silencio o el divisionismo frívolo de parte de aquello que están obligados, por los instrumentos que manejan, a ser portavoces de las iras, de los dolores y de las esperanzas de sus pueblos expoliados.  El ejemplo de consecuencia de Otto René Castillo deberá inspirar a los hombres de cultura de Centroamérica para hacerse cargo de sus duras responsabilidades históricas.

    La muerte heroica de Otto René Castillo es la máxima prueba del respaldo que dio con sus hechos a la aceptación de que “el poeta es una conducta moral”.  Hay a este respecto una comparación que salta a la mente y que desnuda la miseria de ciertos aspectos de la circunstancia histórica que les toca vivir a los pueblos centroamericanos.  La máxima fidelidad al contenido de esa frase llevo a Otto René Castillo a la tortura y a la muerte.  La más absoluta traición a los principios que esa frase involucra, ha llevado en cambio a quien la emitió y la acuno, Miguel Angel Asturias, a recibir los máximos honores de la sociedad burguesa: a la embajada parisina de la criminal dictadura militar guatemalteco que asesino a Otto René Castillo, al goce, uso y usufructo del Premio Nobel de Literatura, en la ruta hacia el cual dicho sea de paso, hasta el nombre de Lenin fue vilipendiado.  Pocos ejemplos más moralmente probatorios de que este es un mundo que hay que cambiar por sobre todos los riesgos y todos los sacrificios.  Para los escritores y artistas revolucionarios de Centroamérica esta situación ejemplificante se plantea como una alternativa: cualquiera que sea el grado en que lo asuman de ahora en adelante siempre tendrá que escoger entre el camino duro y limpio de la revolución y el camino para muchos tentador que, en ultimo termino, lleva a la traición y empocilgamiento.
 

Chicago, Il
April 26th, 2009
 

 

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