ALTO, EN MI CORAZON,
ARDE TU NOMBRE
                                  A ti, Karen

I
Habìamos estado
todo el dìa
frente al lago.
Del agua
sabìamos, en verdad
muy poco;
solo sentìamos
su frìo,
que nos unìa
más que siempre.
El viento
golpeaba duro
su dolor,
de espaldas
a nosotros.
A lo lejos,
un pájaro
volaba
tal vez
rumbo a su nido,
lento
era el pulso de sus alas.

II

¿Verdad
que uno está junto
un minuto,
para luego estar solo
el resto de su vida?
A la sombra de ti
mi antiguo silencio
habìa perdido
su capacidad de doler.
Ahora más que nadie
lo sé, y no diga nada
tampoco a ninguno.
Alto,
en mi corazón,
arde esa tarde todavìa.

El agua y tu rostro
y el verano.
Uno no sabe nunca
los minutos que ama,
sino hasta que canta
en uno la ausencia
con su idioma de nube.

Tu mano despierta
de un sueño lejano
en mis locos cabellos,
y yo no quiero
que se marche nunca.

III

Del mundo todo me duele,
menos su débil esperanza.
Y a ella me aferro,
como un desesperado a la vida.
Habrán de venir otras hojas
a dormir sobre la piel del agua.

Otro viento, más niño tal vez,
soplará su inquietud contra las casas.
Otros inviernos tan blancos
como el alma de un angel.
Otros veranos sin nosotros,
ya viejos de espera y soledad.
Un poco de ti me hace falta
esta tarde, amor mìo.

IV

El lago, el viento, el pájaro.

Nada me importa tanto
como tu ágil mirada,
ahora que estoy triste,
parecido al viaje de retorno
del que siempre anduvo lejos.
Todos se alegran, menos él.
Descubro ahora,
que la acción de un beso
es muy ingrata,
si no ha de repetirse toda la vida.

V

Uno envejece más pronto,
si le haces falta tú.
A los dolores adultos
se suman también los nuevos.
Y uno busca la fuente,
sediento eterno que es.
Y cae en un charco
y se enloda hasta el alma.
Uno se ha acostumbrado
a no estar solo,
y de pronto lo está
porque haces falta tú.
Le duele entonces a uno
el habla y el rostro,
y entra a la noche
con el paso en incendio.

VI

Si el hambriento
supiera
que he retornado
solo por su hambre
y nada más,
jamás lo creerìa.
Basta
con la creencia
de mis actos en sì mismos,
y con que tú lo creas,
tú, la más aguda renuncia
que haya hecho mi corazón
sobre el planeta.

VII

No soy de hierro
bien lo sabes.
Y es un martirio la carne,
si es un canto sin eco.

VIII

He vuelto para morir.
Todos lo saben y lo dicen.
Hasta mi madre lo llora ya,
cuando me mira la espalda
y ve la carga que llevo
con orgullo, sobre ella
Me dice:
“Hijo, por qué no te marchas
de nuevo hacia Alemania.”

Si supiera,
mi pobre y dulce anciana,
que nadie como yo lo quiere
y que nadie como yo se queda.

IX

Algún dìa
sabrás exacto quién he sido.
Y por qué mi ronco carácter.
No he sido nunca rudo
con un lirio, un niño o una golondrina.
Jamás le he puesto el pie
al sueño y al trabajo de un amigo.
Lo humano es para mì lo más alto,
a lo que nunca se llega,
porque aún galopa en nosotros
mucho de la bestia original.
Y, sin emargo, es muy duro
ser hijo de este tiempo.
Pero no es bueno decir
todas estas cosas asì,
porque más luego
lloran los naranjos
que los hombres.
Asì de amargos
son los dìas que corren
en mi pobre paìs.

X

En otoño en mì
y solo queda una hoja ya
en lo má alto de mis ramas.
Cuando ella caiga,
habrá llegado el frìo
a rodearme y sera difìcil
seguir viviendo.

Pero vivir
es lo que tú me enseñaste
con alegre ternura,
y deberé vivir
aún cuando la soledad
y el frìo, horrendo y mudo,
me rompan a dentelladas
diariamente el corazón
en cuya altura
arde tu nombre todavìa.