EBRIO
Quizá
nunca lleguemos
de verdad a estar solos.

A veces basta un libro,
un mar olvidado,
perdido no sé donde en el pasado.
O tal vez un árbol, junto a la ventana,
donde solìan cantar las estaciones.
O la lejana voz de los tranvìas.
O también el viaje aquel,
que nunca se logró llevar a cabo.
Un rìo quizá, tranquilo y dulce,
que siempre se quiere llamar Spree.
O un restaurant, en alguna parte de Berlìn
en donde el amor construyó recodos
para el fuego de su más alta ternura.

A veces basta una palabra,
un niño perdido
que sale de la niebla y nos habla
y cuyo idioma nosotros no entendemos.
O un cuarto en el segundo piso,
adornado con cuadros de Degas y Monet,
de Masserel y Picasso,
de Orozco y Rivera,
y el recorte de periódico
con el entierro del amigo,
asesinado por la policìa de mi paìs
porque querìa tanto su patria.
A veces lo fugaz de un farol,
iluminando mi alma desde el fondo de tus ojos.
O un silencio repentino
quebrado en la cruz de una sonrisa.
O la lágrima quizá,
muriendo en los brazos de mis labios.
Algo pequeñisimo basta a veces
para saber que nunca estamos solos.

Asì no estoy solo en esta noche.
En esta vasta y silenciosa sombra,
en la que veo, profundamente ebrio,
en el puerto aurorizado de mi sangre
el barco iluminado de tus ojos.