SUERTE PERRA
Cuando vine al mundo,
en la ciudad
llamada de las cumbres,
eras toda tiniebla
Patria mìa,
Y la bondad humana
era un largo quejido,
ciego y callado.

Mis mayores,
graves y tristes
como un paisaje de ceniza,
habìan  acostumbrado
su vida al silencio
y no solìan hablar
sino cuando estaban seguros
de estar realmente solos.

 Yo recuerdo una tarde,
junto al cerezo
que estaba sembrado
en el patio de la vieja casona,
a un tìo mìo, anciano ya,
que lloraba largamente
por la muerte de su perro.

Ese dìa, según supe
mucho tiempo después,
habìa muerto en la ciudad
muchas gentes,
asesinadas por el frìo
y el hambre.

Pero lo más cercano
que tenìa mi tìo,
según dicen, era su animal,
un perro policìa de tres años,
que siempre anduvo con él
por todas partes.
Mi tìo murió poco después
de la más honda tristeza,
y su dolor ha de haber sido
claro y sincero,
para haberle quemado tan hondo.

Yo sólo lo recuerdo
junto al viejo cerezo,
y al llanto cantando
en el árbol de sus ojos.

Y cuando supe largo después
que tal dìa habìa muerto
en la ciudad tantas personas,
joven ingenuo que era,
le pregunté a mis tìas,
señoritas y adineradas entonces,
que si el perro valìa más llanto
que tanta gente muerta.
Y me recuerdo de su enfado,
como si yo le hubiera abofeteado
el rostro al recuerdo de su hermano.

Durante muchos julios
recordé todo confuso
ese amargo incidente de familia,
y luego después traté de olvidarlo
para todos los siempres.
Y casi hube de lograrlo,
si no es este dìa
en el que leo en un diario,
que un hombre fue matado a golpes
por haberle robado su comida
a un aburguesado perro policìa.

Entonces me he dicho
que sigues más tiniebla
que nunca, patria mìa,
y que sin duda por eso,
los hombres con dinero
son tan malos todavìa.