NUESTRA TORMENTA
Hemos retornado
después de la tormenta,
y encontramos la gran ciudad,
mojada y fresca
como una rosa en la mañana.
El agua,
el viento,
dicen,
golpeó las casas
durante mucho rato.
No quedó nadie
en la amplitud de las calles,
sino los árboles y los faroles.
El cielo
desahogó
toda su tristeza
de un golpe.
Ahora está tranquilo,
claro como el vuelo
de una sonrisa.
Húmedas están las avenidas,
como un labio
después de un largo beso.
Y a ellas acuden
con prisa los enamorados,
mientras en la altura
commienzan a volar las golodrinas.

Caminamos en silencio,
hablando sólo con las manos.
Después del llanto,
son más bellos los rostros
si en ellos despierta
también un nuevo clima.

Asì ha pasado ahora
con la tarde,
sus gestos son más suyos,
porque también saben cantar.
Llegamos al parque
donde crecen las lilas
que tanto te entusiasman.
Las miras, desde lejos,
y te alegras quedamente.
Y tu suelto cabello
fluye ya sobre mi pecho.

“Hemos llegado
después de la tormenta”,
me dices y sonrìes,
mientras yo pienso
que nuestra tormenta,
nuestra gran y verdadera
tormenta, la tuya y la mìa,
aún no ha comenzado
todavìa;
aún no ha llegado
el dìa de marcharme
a mi lejano paìs
en el Caribe
en donde arde la historia,
el agua, el viento,
las montañas.
Pero sonrìo apenas,
y contesto que sì
que hemos llegado
después de la tormenta,
y hundo tu alegrìa
en medio de mis dìas
amargos
por venir.