FRENTE AL ESPEJO

AMOR MIO,
                                                lo sé, porque
                              también soy inconstante.

En la vigilia y en el sueño,
agotamos el tiempo
que se nos dio sobre la tierra.
Poco a poco uno se vuelve
ceniciento, de la piel al alma.
Cada dìa llega más lleno de dolores,
sin que podamos evitar su paso ciego.
Cada gesto nuestro, cotidiano,
nos acerca a la muerte cavilosa.
Frente al espejo descubrimos
repentinamente nuestra edad.
Tenemos tantos soles y lluvias
acumulados en el rostro,
que podrìamos alumbrar
todas las sombras
y regar todos los desiertos.
Cada cirio que llega
es un año que se aleja.
Largo y amargo es el camino
de la cuna a la tumba.
Pero también se viven,
sin exagerar, ratos
agradables y dulces.

Nos ha tocado vivir
el minuto más hiel
de todos los siglos.

Si pudiera ponerle nombre
al siglo veinte, le pondrìa:
combate. Y llorarìa después.
Se nos murieron tantas cosas
en las manos y en el alma,
para que otras nacieran,
que puedo gritar con orgullo
a los hombres del año dos mil:
amadnos un poco más,
que aún sufrimos
nuestra vida inconclusa.

Se piensan tantas cosas
frente al espejo,
cuando descubrimos la edad
de nuestra cabellera
y vemos las lunas
ocultas en ella,
que uno puede consolarse,
diciendo o escribiendo:
los nuestros amarán
mañana
la ceniza de los suyos,
humeante de protestas
todavìa.

Y luego puede reìrse
uno de su tiempo
y seguir viviendo,
sin pensar en el frio
que nos espera,
en cualquier parte,
para sellarnos el alma
con los dedos  morados.