ANTONINO, EL POETA

Cuando Espartaco
se levantó
contra los poderosos
patricios de la Roma
imperial,
se llegó hasta él,
según dicen las crónicas,
un hombre llamado
simplemente Antonino,
poeta de la más honda
estirpe,
y le dijo que quería luchar
también por los esclavos.

Viendo el atardecer
desde la falda callada
del Vesubio,
Espartaco
dijo el joven Antonino:

“Enseñanos mejor tu canto,
Antonino,
luchar lo puede hacer
cualquiera,
pero nadie como tú,
para hacer de las palabras
las alondras azules
que tanto necesitan
aun nuestros hermanos.”

Y Antonino respondió:
“Las aves de más dulce canto,
Espartaco,
defienden su libertad
también con garras.”

Aquel día,
a lo lejos,
la tierra romana
recibía en estupenda
madurez
al más bello verano
de aquel tiempo.
Y el viento
Ya pasaba, entonces,
por aquellos lugares
y seguiría pasando
todo la vida.
El cielo, ancho y celeste,
Estaba todo lleno de ojos,
que leían en él una sola
y colosal palabra: esperanza.
Y los árboles, verdes aún,
quizás oían, por primera vez
en su vida romana
que los desamparados del mundo
le ponían un no rotundo
al sistema del hambre y el odio,
y exigían, guerrilleros que eran,
también su libertad con armas.

Espartaco, dicen, volvió su rostro
hacia la más lejana lejanía
y nadie supo jamás
lo que aconteció en su corazón
aquella tarde, cuando hablara
con poeta Antonino.

Pero cuando Espartaco
fue crucificado,
informan las crónicas
más antiguas,
junto a miles de los
suyos,
que también fueron
crucificados como él,
Antonino, el poeta,
le decía
que había sido hermoso
luchar,
porque un dia serian libres
los esclavos en el mundo.

Espartaco no dijo nada
la ultima tarde de su vida,
pero el viento, dicen,
se llevo en sus manos aéreas
el ultimo gesto gallardo
de sus labios: esperanza.