DISTANCIAMIENTOS

  1. Ironía
  2. Comprensión
  3. Cobardía Nacional
  4. Lógica local
  5. Pregunta
  6. Luz y sombra
  7. La lección del asesinado

1
En 1935 repetia Hitler,
“El tercer Reich durará
Más de mil años”.

¿Qué decía Hitler,
Diez años después
Bajo las ruinas de Berlin?

Poco tiempo después,
mister Dulles, roncando
Como un Caterpillar, decía:
“En esta década se viene abajo
el sistema esclavista del comunismo”.

¿Qué hacia Yuri Gagarin,
poco tiempo después
sobre los anchos océanos
y los vastos territorios de América,
enviando saludos a los hombres?
Tenía razón Thomas Mann, cuando dijo:
“El anticomunismo es la tontería
Mas grande del siglo viente
Y sin embargo,
                                    Los intereses,
                                    Las ganancias,
Siguen fanfarroneando
Siguen matando,
                        Todavía.

2

Un amigo me dice,
bajo el aire amargo de diciembre:
“Estoy decepcionado.  Todo marcha
tan lento.  La dictadura es fuerte.
Me desespera y me duele el destino
calvariento de mi pueblo.”

Y yo, sintiendo su hondo dolor, la tristeza
Honrada y gris de mi amigo, sabiendo su lucha
                                                            por seguir luchando
no digo: ni cobarde, ni álzate, ni flojo,
ni pesimista, claudicante, pobre diablo.

Sólo le paso el brazo por el hombro,
para que sea menos
La crueldad desgarradora de su frío.

3

Han tocado
                 a la puerta.
Frente a mí, dos ojos roncos.
Y atrás, un niño que apenas los sostiene,
con sus seis años de miseria nacional,
de infamia nacional, de cobardía nacional.
Tiende su mano limosnera
y sobre el rostro de mi país
                                    cae
mi corazón a puñetazos,
                                    protestando
por la muerte previa
                                    de este hombre.
Y sin embargo,
                        Cuando le doy el pan,
la ternura de sus ojos me saluda
desde lo hondo de su ignorancia.

4
Alguien entona el himno nacional.
Es en la calle.  Yo me levanto
y miro por la ventana de la casa
en donde estoy viviendo ahora.
Quien canta el himno anda descalzo.
Seguramente también sin desayuno.
Es un voceador de mentirosos,
                                    matutinos
                                    y vespertinos.

Quince años tendrá a lo sumo.
Quince años de miseria, apuesto.
Y de su voz, ronquísima, emerge,
como un dios griego y bien comido,
el himno nacional de Guatemala.
Si no lo hubiera visto, seguramente
Hubiera dicho: ¡Ahí canta un militar!

5

Recién llegado de Europa,
uno de mis sobrinos me pregunta
si conozco a Madrid.
Yo le contesto secamente: No.
Y sigo narrando de París
Pero mi relato palidece.
La sangre se me ha agolpado
de pronto en el corazón,
que sangra horriblemente.

6
En tiempos del tirano Ubico,
a finales del 42, según se cuenta,
hubo un albañil en la Parroquia
que se atrevo a pintar:  “Livertad.
Avajo el general sangriento”
en los muros de la cuidad.
El albañil fue capturado,
y luego se le interrogó,
por qué era tan loco
de mal querer al General,
si éste contaba apoyo militar
y su poder era inconmovible.

El albañil respondió: Ubico caerá,
y todos se  rieron.  Ese hombre está loco,
dijeron.  El General mandara siempre en Guatemala.
Hasta que muera.  El es, como dios, todopoderoso.
Nadie moverá un dedo contra él. Su poder es infinito
y el pueblo es un cobarde aguantador
que le teme a la milicia de granito.

Pero el terco albañil dijo: Ubico caerá.
El no mandara siempre en Guatemala.
El pueblo se levantará contra él.

Y se le fusilo, muy de mañana, en el cuartel,
más por incrédulo que por sublevado,
al albañil de la Parroquia, que escribió:
“Livertad. Avajo el general sangriento”,
en los muros de la cuidad.

7
En la calle alguien me detiene
y se pone a llorar sobre mi pecho.
Los que pasan ven y cierran más aún
la oscura rosa de su sangre inconforme.

“!Me lo han matado, a mi hijito.
Me lo asesinaron estos gorilas!”,
me dice, esparciendo la ceniza
Y yo, que amo tanto la vida,
que lucho por que todos la amen,
por que nadie se queje de ella,
siento ganas de matar
al que mató, ciegas, hoscas,
                                    indias, rudas
ganas de vengar al matado,
                                    matando.

Pero no digo ni hago nada.

Acaricio tiernamente la cabeza blanca
de la anciana que llora en mi pecho,
y la vida me duele ahora más que nunca.

Y sin embargo se: hay tantas formas
de dar la vida por la vida.  Lo importante es:
darla como se tiene que dar!