AHORA QUE COMIENZA A INVERNAR

Una visita a nuestro amigo Paul,
                                                que tanto se alegraba de nosotros.

I
“Hoy ha muerto
el ultimo dìa
del otoño”,
dices
de pronto.
Y yo que pienso
desde hace horas
en lo solo
que debe estar
Paul,
sonrìo
y beso
tus manos
que corretean
como suaves corzas
de ternura

II

Atravesamos
la gran ciudad.
Desde el metropolitan
vemos las calles
de Berlìn.
Sus puentes.

Lo bello de su rostro,
múltiple
en el atardecer.
“Las gentes
que transitan
por estas calles
de Berlìn
te digo
cuando dejamos
la gris estacìon,
se parecen mucho ti.

Nunca están ni estarán
solas.
Mi corazón está y estará
siempre con ellas.
Y nadie como tú
para saberlo,
amor mìo,
tú que me conoces
y entiendes
más que el psicoanalistas
junto
de todos los psicoanalistas
de la tierra.”

III

Nuestro amigo
Paul,
tan viejo ya
y tan noble,
se alegra en infinito
de que hayamos venido.
Le gusta tanto
vernos juntos,
que a veces pienso
amargamente,
que no somos
sino el fracas
de su juventud.

Pero Paul
no envidia a nadie.

Dos guerras
pesan sobre sus hombres.
Sobre su corazón
estuvieron las ruinas
mucho tiempo,
las ruinas de su ciudad.
Después
vino la reconstrucción.
Ladrillo por ladrillo.
Pared por pared.
Casa por casa.
Hasta que un dìa
la ciudad estuvo en pie.

Paul nos cuenta:
“ese dìa vale por mucho siglos.
La gente salìo a las calles
portando banderas,
como ramos de claveles rojos.
Y desde entonces
decidimos,
nos dice,
hacer bella la vida,
para que los hombres
que vienen,
no tengan que sufrir
y llorar tanto
como nosotros.
Por eso nunca
digáis:
¡qué amarga la juventud
de nuestro amigo Paul!,
sino, ¡qué amargo el tiempo
de su juventud!”

Cuando Paul habla
bebemos largas copas
del vino más tinto
que hemos conocido.
Y tú y yo nos miramos,
Sin comprender aún
los sufrimientos
de su alma y su piel.

IV

Le gusta vernos
juntos
repite,
porque para que nosotros
fuéramos,
él, y muchos obreros como él,
tuvieron que hacer
enormes sacrificios
de humanidad.
Yo no digo nada,
pero su voz
no se apagará jamás
mientras yo viva.

V

Cuando nos despedimos,
alegres de su alegrìa,
le dicimos, “adios padre”,
y nos responde
con su más amplia
sonrisa,
y el vuelo más alto
de sus ojos.

De espaldas
a su rostro ceniza,
ambos sabemos
que Paul
se alegra mucho
de que hayamos venido,
ahora que comienza
a invernar.