EN UN COÑAC, LA TARDE
Entro                      
al azar,
en Potsdam,
en un café
muy populoso
y pido un coñac
grande para mì.

Afuera
es el otoño
en madurez de hojas
y el cielo,
bajo las ramas desnudas,
es más bello que nunca.
El viento golpea
los cuerpos
y arrastra consigo
su dolor amarillo
por las calles,
huyendo del invierno
y su garra de frìo.

La dulce
señorita
que me atiende
y en cuyos ojos,
cuando ve,
las golodrinas
lo llenan todo
con la ternura gris,
de su vuelo sencillo,
me sirve,
como por descuido
callado de su alma
la tarde
en una copa hermosa
y redonda
de bohemia cristal.

La bebo,
y me voy
terriblemente inquieto
y solo,
horrendo de atardecer.