DESDE EL PUENTE
Toda la tarde
del planeta
está en el suave
curso
de su vuelo.
Eso distingue
a las gaviotas
cuando están junto
al alma bondadosa
de los rìos
y cuando vienen
y cuando van,
en el fondo
azul
de tu ojos.

Ahora
canta y sueña
ahì
Berlìn,
en este dìa
de septiembre,
tan débil
y tan viejo ya,
que no ha de importarle
en nada su pronto
fallecer.

Tú, alegre
como siempre,
amor mìo,
y cuando extiendes
tu mano
y las gaviotas
vienen a comer
hasta su cuenco
la alegrìa
salta
en tu rostro,
como un pequeño cirvo
de rocìo.

“Me alegra tanto
tu sonrisa,
-oigo que te digo
con un dejo de viento
muy lejano y muy triste-,
tal vez
porque me gusta
también mucho
verte alegre.
Por el mundo
iré,
haciendo siempre
la guerra
al maldito sistema
que hace tantos
hombres tristes
en el joven planeta
que habitamos.

Y aún me falta
pore star
en muchos sitios.
Y dejar, cuando
me marche,
ardiendo la huella
de mi frente
en el regazo del viento.
Pero de ti me acordaré
toda la vida,
alma mìa,
porque llevo guarecida
en mi sangre
tu sonrisa,
la alegrìa de tu mundo
en luz de rostro,
alba en el alba
para todo mi asombro.”

Pero se ha hecho
noche ya,
y las gaviotas
se han ido
rumbo al oriente,
Tú, que lo ignoras,
me oyes, y sigues
dando de comer
a la tarde
y a las aguas.

Desde el puente
donde estamos
vemos que Berlìn
encienden sus luces
y sigue viviendo.
Son esas horas graves,
alma mìa,
en las que muchos
enamorados
regrean de estar solos
en algún sitio lejano
de su psicologìa.
Entonces,
yo que sigo
viendo gaviotas
en el aire de tus gestos,
oigo que vuelan
hacia mì tus manos
y me cierran el abrigo,
porque saben
de seguro
que comienza mi frìo.

Y me dices:”Amor, amor.”
Y nos alejamos dialogando
dulcemente,
                   con las manos.