EN TI, BERLIN
I
En ti,
Berlìn,
mi corazón
despierta,
cuando la mañana
suavemente
inicia el canto
de tu rostro.

En los tejados
el humo
cortésmente
indica
que para muchos
el dìa
comenzó mucho antes
del alba.

El tiempo,
para los que laboran,
tienen un carácter distinto.

Asì sucede en las ciudades
como tú,
Berlìn,
que la aurora
que los que trabajan
en la noche
suele llegar
siempre por las tardes.

Por eso, cuando termina
la noche,
se inicia para ellos
el crepúsculo,
aun cuando nadie
lo haya comprendido
todavìa.

Poco a poco,
sin embargo,
se eleva el pulso
de tus calles.

Y las gaviotas,
como siempre,
oyendo en el Spree
el quedo monólogo
del agua,
que habrá de conducir
las torres de tu nombre
hasta el pecho cordial
de las mareas.

II

Ahora
la claridad
gobierna tu destino,
y mi corazón,
lejano y nebuloso,
arde en ti,
la llama
de su más alta
ternura,
Berlìn,
para que mi amor
por ti,
no se pierda
en la tristìsima ceniza
que llueve largo
su gris
en mi memoria.

Cuando te vi
desde el aire,
la última vez
a principios del invierno,
supe como nunca
que recordar
serìa siempre
                  muy amargo.