NIÑOS BERLINESES

A Hans Bartsch, quien tanto
                                                       ha luchado por el derecho de
                                                       los niños a un mundo mejor y
                                                       más noble.

Desde el cuarto
donde bebo
un orquestado coñac,
oigo
como en la calle
del Berlin Oriental
en donde vivo
los niños
juegan y se alegran
de ser niños,
puros y extensos,
como el alma
olorosa
de un eucalipto
meridional.
Oigo
sus risas.
Sus cantos,
suaves y dulces,
como el cabello
que guarda
muchìsimos inviernos
en su blanco atardecer.

Me alegran
mucho
sus pequeñas disputas.
Ellas
siempre terminan
con el olvido
como el amor.

Un dìa,
pienso,
pequeños berlineses
haréis larguìsimas
listas
de vuestras nuevas
victorias,
corrientes y bellas
como el amanecer
en cualquier sitio
de la tierra.

Mientras tanto
jugad.
Soltad al viento
vuestras  risas.
Navegad
en alta calle.
Descubrid ahì,
palmo a palmo,
vuestra vocación
de grandeza.

Pero cuando
seáis grandes,
hombres
llenos de avenidas,
metros,
edificios,
libros,
aventuras
no olvidéis
a vuestros antecesores.
Ellos hicieron possible
vuestra risa de niños,
vuestra bodad de hombres.

De corazón lo hicieron,
con su arduo trabajo cotidiano,
en tiempos duros,
ásperos,
dificiles para el amor
y graves para vivir.
Entonces, sólo habia una vaga
esperanza: vuestra niñez.
Y una sola seguridad:
vuestra victoria,
la gran victoria
de todos y de siempre.

Ahora reìd,
jugad
ahì bajo, en la calle,
niños berlineses,
que con vosotros
rìe y juega
también
mi corazón del sur,
en este oriente del Berlìn
que tanto amo y amo.