NUESTRO AMIGO PAUL

                                                                 A ti, que lo querias tanto como yo.

En lo alto
de la vieja ciudad,
conocimos a un anciano
que tenìa una notable forma
de sufrir
y que gustaba de contar
largas historias
de sus viajes por el mundo.
Habìa estado en muchos sitios.
Y nadie como el, creo,
elogió tanto que nuestras vidas
se hubieran juntado, como dos rios,
decìa, que tienen un solo destino:
perpetuarse en el mar.
Nosotros, sonriendo, solìamos decirle
que nos gustaban mucho sus relatos.
Entonces él, halagado tal vez
por la mañana azul de tus ojos,
encendìa su pipa, suavemente.
Y levantándose el cuello del abrigo,
le ponìa, con el humo de su fuerte tabaco,
un gesto marino a sus historias.
Pero no gustaba del vino, y eso quizá
nos molestaba un poco. Viajero
que habìa sido, nos decìa,
preferìa un trago fuerte,
igual a la vida tan áspera
que habìa llevado muchos años.

Una tarde en otoño
subimos a verle y a llevarle
un pequeño cestillo de cerezas.
Habìa estado enfermo en el verano
y aún se quejaba con furia
de haber perdido tanto sol
y tantìsimos colores, encerrado
como estuvo en un viejo hospital.
La tarde era tranquila,
pero las hojas lo cubrìan todo
con el ultimo amarillo de su vuelo.
Ya los árboles tenìan frìo,
desnudos como estaban de ternura.

“Una vez –dijo esa tarde -, volvìa
yo de un viaje muy largo
hecho a paìses lejanos de la América del Sur.
Entonces, tenìa veinte años
y una novia en el Puerto de Hamburgo,
que solìa escribirme largos lamentos
pidiéndome que volviera pronto a sus brazos.
Era un mes de julio, me acuerdo,
Y el aire lleno de luz
era una caricia prolongada.
Yo venìa cargado de recuerdos
Y de pequeñas experiencias.
Querìa ver a mi novia,
que sabìa de mi pronto retorno.
El amanecer que llegamos a puerto
de Humburgo era muy hermoso,
y estuve esperando todo el dìa
y no llegó nadie, sino la noche.
Creo – nos dice, poniéndole
toda su psicologìa, al humo gris
que cultiva con su pipa encendida -,
que nunca, como entonces, sufrì
tan de cerca el dolor y la espera.”

Luego nos cuenta que se emborrachó
toda la semana, y que siguió sufriendo.
Y cómo se ausentó de Hamburgo por tres años.
Cuando volvió, habìa cambiado tanto,
y estaba un poco menos solo que ahora.
Y cómo en vez de cartas, aprendió a escribir
con el humo de su pipa, en el aire,
y a pensar horas enteras, acompañado
por el alma de tan fuertes tabacos.
Una tìa le informó mucho después
que su novia habìa ido
durante dos años seguidos,
todas las tardes y todas las mañanas,
a los muelles del puerto, a preguntarle,
sin duda, a las gaviotas, que cuándo volverìa.
Y que como no pudieron contestarle
y el tiempo pasaba, se marchó de la ciudad,
según decìa, hacia la floreciente Berlìn.

“La primera vez, me contó mi tìa
-nos dice, sacudiendo la ceniza de su pipa-,
mi novia no habìa llegado a encontrarme,
porque estaba en la cárcel, quien sabe por qué,
nunca llegó a saberse exactamente,
pero creo que tal vez por odiar la guerra
a decirlo abiertamente, como muchas
mujeres jóvenes de entonces, que querìan amar.
Y asì fue – termina diciendo,
más con el agua salada y gris
de sus pequeños ojos,
que con sus tristes palabras-,
como vine, por primera vez, a Berlìn,
buscándola, pero ya nadie sabìa dónde estaba.
Luego, cuando me cansé de viajar
por  el mundo, regresé ya viejo a la ciudad
que guarda, quién sabe dónde,
un corazón que aún habrá de preguntar
por este inquieto andariego que he sido.
Y cada verano que pasa,
estoy más lejos de aquel dìa,
en el que no tenìa tanto años
ni tanto martirio en los cabellos.”

En lo alto
de la vieja ciudad,
nosotros advertimos
que la tarde se ha ido sin aviso
Bajamos callados al centro de Berlìn.
Y nos alegramos en silencio
de estar juntos todavìa.