MADRE DOLOROSA

A veces
me preguntan
los cenicientos
ojos
de mi madre,
por qué
no descansa
la llama
de mi frente.

Pobre madre mía.

Nunca conocerás
como nacen
y se apagan
en mí estos dolores,
con los que veo
al mundo
que transita
come
y duerme.

Uno es tan
vil,
madre,
que se acostumbra
también
al sufrimiento.
Y lo lleva
consigo como una bala
oscura
que rehuye
estallar.

Pero yo estoy
acostumbrado
al sufrimiento
de los otros,
porque los míos
son tan pocos
que, en verdad
no vale la pena
por ello
           lamentarse.

Así nace mi sombra.

Vedla sola consigo.
Ajena
A la arboladura
de tu castaño
y tu dulce regazo.
Olvidada,
por costumbre,
de que existen
ya los abuelos venideros
tus brazos
                en el mundo.

Y es que existen
los otros.
Y uno se duele
más de ellos,
que los que se duelen
ellos de sí mismos.

Y a pesar de todo esto,
se suele decir que nunca
vuela de nosotros
la golondrina del llanto.
Pero sucede que tenemos
oculto, en un recodo de la noche,
el lugar donde solemos llorar.
Y donde, tras un pesar,
se acerca el luto,
para decir el nombre
de seres que amamos,
con toda la plenitud
del mundo en el amor.

Tú no sabes,
pero uno llega
en la noche,
casi siempre en sobresalto,
buscando a los amigos
que la vida nos dio
y que la vida oculta
para que nada les pase.
Y cuando de la sombra
salen los brazos del amigo,
sólo atinamos a decir:
“¿Qué tal?, te ves tan bien.
Y que alegría verte, hermano!”
Y caemos de bruces
                               a los ojos
                               y al pecho
del amigo, muriendo el inicio
                                              de una fuga.
Nos separó la verdad,
la verdad,
nos unirá también un día.
Hoy, madre,
somos los que se acercan
a la muerte,
                con la sonrisa
más ancha y el abrazo,
más grande,
para que nazca la vida
    y los abuelos venideros
no tengan que sufrir tanto
                                      como tú

Amamos la vida,
tú lo sabes.
     Y nos imponen
                    la muerte.

¿Por qué ponerse trágicos,
        entonces? Mataremos, pues,
mi dulce viejecita,
porque solos
con nuestras manos
estamos en el mundo.

Y lo que ellas
hagan
será, por fin,
la biografía
de nosotros.
Hermoso será
                    su rostro:
nuestro sufrir
despertado en estrella.

Tú nunca conocerás,
                              madre mía,
como nacen y se apagan
en mí estos dolores:
estas ultimas
lágrimas
vertidas
sobre el hombro
del viejo planeta,
tan viejo y cansado ya,
como tu figura
y tu propio
                dolor.