POR ESTAS CALLES DE AMSTERDAM

I
“El corazón
de uno
es, a veces,
tan cobarde
que quisiera
ponerse a dormir
todo el resto
de la vida,
hundido
en su pobre dolor”
me dice el amigo
Pablo,
que camina conmigo
este dìa tan frìo,
que no se puede
ignorar.

Yo le oigo parlar,
quejarse
de su más ancho
sufrimiento,
y ahogo en mì,
como en una marea
sin puntos cardinales,
mi sencilla respuesta.
Y sigo caminando con él.
Viéndole como cae,
cada segundo,
al sitio donde todos
quemaron su alegrìa:
a la tristeza
y al dolor.

II

Es un dìa áspero.
Tan niebla.
Tan húmedo.
Las gentes
se nos vienen
al encuentro,
como salidas
del más lejano
subsueño.

Largo y lento
es el lenguaje
de Pablo,
como si le doliera
más hablar
que tener que recordar.
Yo le entiendo.
Y camino a su lado,
callando.
Sé que a los hombres
que aman y sufren
sólo se les comprende
cuando se ha amado
y sufrido también.

III

“El viento
es el único
que queda
cuando alguien
se fue.
Es el sucedáneo,
me dice,
de los cabellos
que amamos
y de los labios
que nunca dijeron no.”

Y cuando recuerda:
“hace tres  años ya
que invierna en mì
su ausencia…”,
entonces sé que el hombre
que camina conmigo
este dìa de frìo y niebla,
no dejará de recordar
y de sufrir jamás.

IV

Ahora pienso
que ambos
seguimos
hundidos en la niebla.
Y en mì,
como en un cielo
despejado,
comienzan a brillar,
azules,
dos ojos
que son el mundo
entero
para mì.

“Pablo, le digo
¿tomamos un coñac?
El frìo es tan intenso.
Y el sol en una copa
es siempre un hallazgo
muy feliz…”
El, que me conoce,
sabe que he comenzado
a recordar, y calla.
Asì seguimos
caminando por estas calles
antiguas de Amsterdam.

Dulces son
y han de guardar
muchas historias
en sus piedras.

De pronto
estamos en un bar.
yo miro largamente
el fondo del coñac
y ahì, lejos de Pablo
y de la niebla,
de nuevo en otoño,
amor mìo,
tu ternura,
tu azul ternura
alzando sus brazos
hacia mi alma.