INVERNANDO
Es cierto
que ha llegado
el invierno,
amor mìo,
y que pronto
su blanco caminar
se extenderá
por todo tu paìs.
Nos lo dice
el aire frìo
de esta clarìsima
mañana de diciembre,
la recortada soledad
de los castaños
de la calle donde vives,
cuando los miramos,
quedamente abrazados,
desde abajo,
y, sobre todo,
la nueva vestimenta
de la gente.

Todos nos lo dice.

Pero no me gusta
que lo digan
los juncos
azules
de tus ojos,
cuando los dobla
el llanto.
Es cierto,
amor mìo,
el invierno
está aquì.
Y pronto
habré tenido
que marcharme
hacia el sur,
a combatir
junto a mi pueblo
mi pobre pueblo,
lleno
de limosneros,
prostitutas,
niños
sin la rosa del pan
sobre la mesa
y militares,
pero también
pueblo
lleno de hombres,
sobre cuyo corazón
vuela una alondra
verde: la montaña.

De ahì vendrá
un dìa
la libertad
a las ciudades,
alegremente,
para todos.

Por eso no me gusta
que llores,
amor mìo,
ahora que ha llegado
el invierno
a nuestra gran ciudad,
Berlìn.
Pronto comenzará
a nevar
sobre las calles
que juntos recorrimos
durante muchos meses,
y tú y yo,
amor mìo,
estaremos tan solos,
como los ciegos
en un bello atardecer.

Siempre he dicho,
amor mìo,
que por sobre todas
las cosas,
el hombre debe ser libre.
Y yo no soy un hombre libre.
si en mi paìs
el pueblo está en la cárcel,
en la ignorancia, en el hambre.
No puede haber libertad,
te afirmo,
si uno se despierta,
diariamente,
y el alba no existe para uno.

Por eso no llores
ahora
que ha llegado
el invierno,
amor mìo.
Rìe para mì,
rìe,
y que tu risa
sea la última
estrella
que guarde mi memoria,
alma mìa.