El sabor de la sal

ÚLTIMAS PALABRAS
                               A ti, que preguntarás después
                                                                       a todos por mis pasos.
I
A nadie
como a ti
quise alzar
en  mis canciones,
rodear con toda
mi ternura
inclinarme
sobre su alma
para ver pasar
todos los rìos
y todos los vientos
de su vida.

Y nadie como tú
se fracaso en mis manos,
se derrotó tan hondo,
tan solo porque alguien
dijera, alguien que nunca salió
en difinitiva de la niebla,
que yo era de todos los hombres
del planeta
el más vil
y el menos conveniente para ti.

II

Fuerza le faltaron
a tus labios,
para perpetuarse
conmigo,
en el tiempo
que no ha llegado
todavìa,
y sobre cuya cruz
has de llorar
mañana,
cuando ya todo retorno
hacia mi loca forma
de quererte,
sea luctuoso naufragio
en las olas ya nunca
de tu pecho.

III

Son las seis de la tarde
del último dìa
del agosto más amargo
de mi vida,
y escribo, sin embargo,
estas  gaviotas heridas
para decirte adiós.
Me rodea la soledad
con todas sus espadas.
Pero no importa,
aún me queda
un poco de luna
en el océano ciego
de la noche
que comienza,
ahora que falta
en total
tu andar de madrugada.

También
ha de saberse
que el alto velamen
de mi rostro,
siempre dirigido
a tu regazo de costa,
se quiebra igual,
en viento
y en ceniza.

IV

Me voy,
ya no soy más
el áspero monólogo
que se repite en esperanza.
Ahora soy el abandonado, la hoja
que cae del árbol
toda llena de otoño,
y que habrá de sentir
durante algún tiempo todavìa
la bondadosa presencia
del árbol.
Me voy,
ya no me busques,
ahora me he marchado.

En mì, como en el ancla,
todo
se acostumbra de verdad
a la suave y dulce
huella
de la tierra marina,
pero no se puede quedar
si más allá del fondo
del mar,
la ausencia es un suceso
claro.

En mì, como en el ancla,
despierta, entonces, también
la lejanìa,
y ya solo queda el adios
como el ultimo gesto
de ternura
para ti.
Adiós amor,
ya no me busques,
ahora me he marchado.