Y Se Hizo La Luz

 
A:  Romulo Gallegos
 

Era tanta angustia.  La indiferencia.

Sentíamos mucho dolor aprisionado junto al llanto.

Se llenaban de pesar las palabras.

Saltaban patadas encima de la sangre.

Era mucho el silencio de los ríos.

Empezaban a quejarse los horizontes

y parecía la luna la repetición

de una puñalada sobre el alba.

Abundaba la sombra pegada al sufrimiento.

Las estrellas escarbaban la raíz de la voz

para limpiarla de tristeza.

El galope del corazón hacia amargo al pulso,

más aun que la herida del cobre

y el azúcar cubana.

La sombra titular.

Lincoln soltaba el asombro de su hacha

escupía el bochorno subido a su garganta,

Acariciaba su bosque libre gritándole en la barba.

Columbia, la alta y titular Columbia,

eran todo gemir sobre la tarde

los miles de gorriones ocultos en tu patios.

La sombra lo era todo, la dignidad quería

salir a gritar en los mercados,

subirse a la tribuna de verduras

y hablar de la bondad del perejil

que nunca cambia de perfume,

agarrar la sombra de la golondrina

y espantarle alegremente el pesimismo de las plumas,

deshojar alondras de la incertidumbre

para formar alfombras donde todo cupiera,

hasta los pies de un edificio solitario.

Era demasiado.

Me salía a encontrar el dolor por todas partes

moviéndome  la cola de espinas ahogadas,

mi interrogación estaba en la punta de la uñas

queriendo salir a recorrer América

para saber por qué tanto silencio se estaba pudriendo

en la saliva espesa y dormilona.

Pensaba.

Cuesta ser digno.  Andar con los bolsillos apagados.

Guardar la rectitud de la esperanza

y no alquilar el rostro para el disfraz

de la ignominia.

Todo dolía.

Pero un hombre llego.  Nada más un hombre.

Llegó con un pedazo de Orinoco en la solapa

y un poco de sudor moreno en la palabra,

llegó del sur, sin ditirambos ni estridencias,

con una negación creciéndole de júbilo en la sangre

y algo que entregar para la vida.

Se hizo la luz.  La sombra recogió su abanico.

Estallaron los huesos de contentos

y el dolor y la indiferencia

se arrinconaron junto al desprecio,

donde un titulo lloraba su muerte prematura.

La angustia huyó despavorida,

no tuvo más residencia en los zapatos

que andan midiéndole el cuerpo al continente.

¡Otra vez era Bolívar la América gigante!

 

Y Andrés Eloy seguía viajando en camioneta

por una ciudad cualquiera de su Venezuela rotunda

Ahora Columbia:

te queda grande el traje de las aulas,

la ardiente rabia de tus pupitres humillados,

la palabra que te llena de vergüenza.

¡Cómo lloró de gusto el paisaje!

 

Tuvo que derrumbarse tu nombre

dentro del pecho

como corrompido edificio de roció,

que el viento rehusara modelar para no hederse.

Recuerdo.

El hermano preguntaba la milpa, los volcanes,

las calles preguntaban, los papeles, los mesones,

querían saber por qué la escalinata de tu nombre

se manchaba.

Todo es pequeño para ti,

Gallegos Orinoco, Gallegos Amazonas,

maizales Gallegos, sabanas Gallegos.

El horizonte es corto

para tu titulo de hombre

y las estrellas no pueden llenar tu gesto de cacique.

Basta decir que fuiste exacto a tu altitud de libre

y que llenaste de luz toda la sombra.

 

Otto René Castillo

La Prensa Gráfica. Domingo, 8 de enero, 1956

San Salvador, El Salvador, C.A.

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