La Gran Muralla China

Hay relatos que son tan plásticos, que indiscutiblemente la dan a uno la sensación de estar observando los paisajes, las construcciones, las grandes realizaciones humanas hechas para beneficio o sacrificio de la estirpe humana, tan escarnecida y castigada durante largos siglos.  Nosotros, particularmente, hemos sentido la emoción gigante de estar contemplando uno de los monumentos más gigantescos creados por la mano del hombre: La Gran Muralla China.  Esa emoción se la debemos al relato descriptivo del escritor mexicano Fernando Benítez, quien situado en el paisaje lo captó realmente, llevando dato tras dato las impresiones y reflexiones que tuvo cuando vio la gigantesca serpiente de piedra, alzarse y caerse en la geografía particular del territorio chino.  El relato, no es como se ha creído una simple narración, sino algo más humano, donde se introduce la emoción de estar expresando algo que ha herido o acariciado nuestra sensibilidad, en forma especial.

            Fernando Benítez al relatarnos descriptivamente la impresión que le causó el paisaje de la Gran Muralla China—una de las siete maravillas del mundo—nos dice: (1) “Se siente aquí el peso grave de la historia.  El aire helado agita los tallos de la hierba amarilla y un pesado silencio nos rodea.  Subimos a la muralla.  De trecho cuadrados torreones rompen la monotonía del camino de ronda.  Tan pronto subimos y nos bajamos siguiendo las ondulaciones del terreno, y los pies resbalan sobre los viejos adoquines de piedra bruñidos por el tiempo.  Muchos excursionistas de detienen fatigados en los torreones y otros continúan el viaje, animosamente, apoyados en sus bastones de alpinistas.  Por una tronera veo a los pollinos halar las carretas y me llegan los gritos de los conductores.  Todo es viejo y todo recuerda el pasado. Aquí desfilaban las caravanas que venían de Siberia y Mongolia y de aquí partían los mercaderes chinos con sus marfiles, su te y sus sedas bajo la mirada y las brillantes lanzas de los guardias.

            Llegados al punto más elevado hacemos un alto.  En el paisaje ocre descansa su cuerpo esta serpiente mimética de cien mil cabezas.  El color de su piel ha tomado el color de las rocas y su dinámica es la dinámica del paisaje, Fundida a la tierra áspera, desciende con ella se levanta a lo largo de las depresiones y los picos, en un movimiento ondulado que subrayen, como pausas musicales, su torres almenadas.

            La Gran Muralla, una de las siete maravillas del mundo, es sin duda la prueba más convincente de la absoluta fe que el pueblo chino tenía en las murallas.  Toda la piedra que la edad media europea levanto en forma de castillos y muros almenados no pasa de ser un juego al lado de esta obra cuyas proporciones gigantescas pueden simbolizar, mejor que otra edificación, el temor espantoso que el hombre ha sentido por el hombre.  Durante siglo y siglos millares de ojos espiaban a través de almenas y troneras la llanura desierta, millares de pies recorrían el ancho camino de ronda, y a la menor señal de peligro  las hogueras se encendían en lo alto de las torres y los soldados se aprestaban al combate.

            Y todo este espiar, vigilar, observar y combatir fueron inútiles.  A un monarca incaico para defender las alturas del Cuzco, el ombligo del mundo, se le ocurrió construir con piedras del tamaño de una casa fortaleza de Sacsahuaman y termino vencido, arrojándose la cabeza contra los muros que debían protegerlo.  Hoy Sacsahuaman es, como la Gran Muralla, un esqueleto calcinado al sol, una especie de Línea  Maginot antigua que nos habla de la inutilidad de los esfuerzos y de la caducidad de nuestras obras.

            Parece ser que hasta nuestros días todo lo grande—la Gran Muralla y la bomba atómica son los dos extremos de una larga barrera—lo ha inspirado el temor al hombre.  No queda, en exacto, un testimonio de algo semejante que haya sido construido para hacer su felicidad.

            Al concluir estos antes me levanto de la escalinata hondada donde había estado sentado y emprendo la marcha, Liu y Yang están esperándome reclinados en el parapeto.  El viento juega con su pelo negro y hace ondear las telas alegres de sus chaquetas, son las flores nuevas que le han brotado a la Gran Muralla”.   

(1)   Apuntes del libro “China a la Vista” Editorial Cuadernos Americanos, México.

 

Otto René Castillo

La Prensa Gráfica. Martes 23 de Octubre de 1956.

San Salvador, El Salvador, C.A.

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