FRANCISCO GAVIDIA, COMIENZAS A VIVIR

 

            Negro el aire y negra la pestaña de la aurora, negras las póstumas campanadas y negro todos los ríos de tu patria.  De nada sirven los horizontes que limitan en tu muerte, ni los clarines de pino que doran tu partida, porque son tristes los responsos y vacuos los pensamiento de los que hasta después de tu muerte, comenzarán a ser amigos tuyos.

            Francisco Gavidia: ¡Como decirte lo que siempre se dice cuando muere un hombre, cómo querer despojarse del dolor y el luto; desvestirse el alma y echarse a llorar sobre las calles, que desconocen la nomenclatura del pesar! Vieras como me duele tener que decirte esto, desde lejos, con esta voz que comienza, viniendo del dolor y partiendo a la esperanza.

            Francisco Gavidia, locas mis palabras porque las llena el dolor, porque las hinchan los llantos, que galopan a la altura de tu rostro sin edades.  ¡Abre tus oídos de polvo que comienza y deja que las manos de sangre lleguen a sacudirte los  tímpanos acústicos que tu pulso se riegue por el pino que cubre tu sonrisa.

            Recostado en tu lecho de banderas enfermas llegaron a entregarte las llaves de un casa que nunca ocuparías.  Así para siempre: los que son incapaces de llamarte hermano, amigo, compañero, cuando vives, son listos y hábiles para llamarte padre, abuelo o gigante cuando mueres.  Hoy levantarán tu nombre; pero acuérdate que lo borraron de colegios y se burlaron de tu estandarte combativo.

            Francisco Gavidia: Comienzas a vivir, y están mudos los horizontes de la infamia, los cuartos cirios levantan las llamas de tu vida, tú tumba será una caja de sonidos un tambor de cantos y saludos.  Poeta como fuiste, navegas con tu navío de  rutas sin fronteras, hacia el puerto inmortal de los que llegan, como dijo León Felipe: “…Al nivel exacto del hombre Crecerás de silencio sobre los huesos de tu estatua y un canto de rostros venideros saldrá de tu garganta.  Comienzas a vivir con tu ciclón forjado en la verdadera estirpe de la sangre.  Oirás desde tu puerto; que se nombre aquella escuela con tu nombre a las calles y se ponga el tuyo, Dirán que fuiste grande, que fuiste mucho más digno de lo que se creía.  No olvidaremos que moriste en la miseria.  Desamparado; porque preocupada a los estadistas del siglo vente, mucho más la bomba atómica, que la muerte de un hombre verdadero; que amo la vida y le canto a su pueblo.

            Francisco Gavidia, comienzas a vivir.  Que nos digan que moriste, que no nos digan que fuiste grande, que no nos digan quien eras y cómo eras.  Que nos digan cómo fuiste tratado sobre la tierra, qué te dieron, que hicieron por ti y que harán por tu familia.  Nosotros queremos que te levantes del polvo y subas hasta el escudo de tu patria, con tu mensaje claro y limpio como puñado de aguas y semillas.  Que vuelvas a derramar la luz en Cuscatlán, que te llenes de pólen, rumbos y rutas.

 

Otto René Castillo

La Prensa Gráfica. Viernes, 30 de septiembre, 1955   

San Salvador, El Salvador, C.A.

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