El Indio

I

El indio no debe ser un tema literario, ni una anécdota turística. Porque es una realidad que duele y lastima. Un proceso que vive interrumpido en sus objetivos y que busca una solución, a su manera, a esa angustia que cae sobre él como un castigo colonial y una ofensa a los principios humanos. Estar colocados en este panorama americano es índice de que pertenecemos a una manera de sentir la vida e interpretarla. El indio no es tan sólo presencia histórica sino afirmación trágica de una realidad social, que no conocemos o no nos atrevemos a conocer. Somos así. Negamos lo que tenemos en afán de superar lo presente: pero nos olvidamos que éste es componente indispensable para la marcha hacia el futuro. Nuestra posición es dual y por dual es tremenda. Negamos lo que hemos sido cuando se trata de entrar a buscar algo que nos recate de la perenne angustia que se ha desatado sobre nosotros, desde que no somos, ni pared ni viento, ni sonrisa ni llanto, ni espuma ni arena, sino flechazo disparado en busca del blanco.

Entrar a bucear nuestro panorama étnico, cultural y social, es una tarea que necesita hacerse sin timideces y sin titubeos. Darnos la espalda a nosotros mismos puede ser la peor manera de buscar una solución a lo que nos angustia; pero volver la cabeza para reconocer por donde hemos pasado, es volver en busca de nuestra base de sustentación y afirmación de nuestro tránsito por una cultura.

El indio es, a pesar de todo lo que se diga, una conciencia en nuestra vida, una base de nuestro presente y una ruta hacia el futuro. No valemos por sí sino por algo. El hombre es hombre aquí y en todas partes. La cultura tiene una misión: servir la lucha de los pueblos, por eso no tiene límites no fronteras. El indio antes que cualquier otra cosa es humano y es nuestro antepasado, que en las horas más amargas y ácidas alza cabeza en nuestra sangre con el afán de florar sus sentimientos, lleno de entusiasmo por salir de su silencio pétreo. Pero somos incapaces de tomarlo de la mano y conducirlo a nuestras pupilas para que vea el mundo como lo ven nuestros ojos mestizos. Le negamos vigencia a su dolor y le cerramos la puerta a su soledad. Estamos con la sangre latiendo en otro meridiano que no es el nuestro, sin que esto se tome como limitación a los problemas del hombre, sino muy al contrario, como afirmación de tales, porque seremos mucho más capaces de ser luchadores por el dolor de otros pueblos, cuando tengamos mejor conocimiento del nuestro. Hablamos para América no para las aldeas que siempre viven mentalmente en los campanarios de la torre, por donde tiene su centro el mundo.

El indio no es, para los ajenos, una realidad histórica ni una postura social, sino un motivo túristico, no es un ser humano sino una sensibilidad objetiva. Un objeto que hace “llamativo, precioso y lindo el paisaje”. No es dolor, ni mucho menos, tiempo sin memoria, transcurriendo en nuestras montañas. No es grito sin voz. Brazo sangrante que levanta el humo colonial y feudal sin comprenderlo. Antes que una verdadera angustia de América es, para ellos, un motivo más para hacer agradable la vida de los visitantes que vienen a dormitar su tedio en este crisol humano y doloroso que se llama Latino América.

Vivimos pregonando democracia y libertad y somos minoría. No comprendemos a nuestros antepasados, aún cuando llevamos la sangre poblada de estelas, monolitos, de jade y piedras de sacrificio, que quizá emergen en las horas profundas y tremendas para salvarnos del naufragio total. Somos sin saber cuales son nuestros orígenes. La colonia no debería llamarse colonia sino amnesia, perdimos la memoria y estamos queriéndola recobrar; pero nos falta asentar los pies sobre la pirámide desde la cual se invocaban a los dioses antiguos. Y sobre las hazañas mediterráneas de la España nuestra y antepasada. Vendrá nuestra cultura. La nuestra, la del mestizaje, cuando éste sea completo. No podemos decir que estamos formando pueblos mientras subsistan, en nuestro medio, grandes masas sin noción de su vida y su canto. Sin conciencia de su posición. Sin afirmación definitiva de nuevos postulados, que sean aceptados, sin que medie la imposición o la destrucción de lo que tiene tantas raíces como lo antiguo nuestro.

II

El indio se fue para adentro con todo y sus dioses, ríos, tradiciones y montañas. Huyó de sí mismo cuando la conquista lo doblegó a fuerza de pólvoras y cascos. Fue una medida de la más genial inteligencia, y la hizo, para salvar algo de lo que siempre le había pertenecido. Venía del misterio y a él marchó para salvar la base fundamental de su vida. Por eso subsiste actualmente, con ciertos rangos que no pudo destruir la opresión colonial, que se basó por él y que por ese basamento no pudo destruirlo totalmente. Salvó su interioridad sacrificando su exterioridad. Y ha ido diluyéndose en los siglos. Y mientras perdure su situación actual seguirá fundiéndose con la muerte en un abrazo intenso. No debemos permanecer fríos e indiferentes ante una disyuntiva como la presente. Estudiemos las raíces indígenas para ver cuales son las directrices que sigue, porque no podrá subsistir en el mundo que pugna por establecerse. Su predominio sería imposible a estas alturas y sería demasiada pretensión y desconocimiento absoluto de la historia, la cultura y la vida tratar de lograrlo. Lo único que puede salvarse es parte de él. Parte que reclama nuestro ser como atributo indispensable y verdadero de su existencia. Como conciencia radical de nuestra posición ante el universo y nuestro conocimiento de lo que somos y de lo que queremos ser. Ni crepúsculo ni aurora sino fusión de ambas será nuestra afirmación total, nuestra integración. No esperemos cultura indígena, verduramente indígena, para el futuro. Esperemos y luchemos por la cultura mestiza. No aceptamos la axiología sino condicionada a nuestro medio, a nuestra historia, a nuestra situación económica, a nuestros fenómenos culturales derivados de las bases anteriores. No somos cultos y nunca lo seremos si queremos crecer y fertilizar en campos estériles. Vamos al mestizaje, que es la salvación de lo esencial que tiene el indio y lo bueno que posee el español. Ninguno de los dos fue ni es malo, cada uno responde a su época. Todo tiene información de lo que se crea por cierto y justo en un momento de la intuición humana. No podemos querer nuestro futuro con las manos falsamente liberadas y el estómago encadenado al hambre. Con las pupilas cubiertas de llanto y sin luz. Con el pensamiento condicionado al sufrimiento. Porque no pregonamos el exterminio sino la creación. Decimos que la esperanza es verde; pero la esperanza no es verde ni amarilla, sino humana, porque vive con nosotros y con nosotros marcha en pos de los futuros que revientan sus venas para encender el horizonte de colores. Porque tiene su fundamentación en la confianza de que triunfarán los postulados humanos que siempre rescatan, sin temporalidad, las aspiraciones humanas. El indio se salvará al reaparecer en el mestizo. Su canto permanecerá con nosotros y con él levantaremos piedra a piedra, como en la antigua construcción de las pirámides para los sacrificios y de los galeotes que circulaban el rostro Mediterráneo, puñado a puñado la casa del hombre americano.

Así está escrito en las venas de América y así será la definición. No renegamos de la historia sino de las injusticias que se cometieron y cometen con nuestros antepasados y hermanos. No pedimos perdón sino urgimos que la justicia se quite la venda de los ojos.

III

Por siglos se nos oprimió y se nos sigue oprimiendo. No se busca en nosotros al igual sino al interior. Hitler lo dijo de México: “Un montón de indios depravados y mediocres sentados sobre un volcán de oro”. No se nos aprecia sino que se nos desprecia. No se nos comprende y si se nos explota. Todo porque hemos sido pasto de caballos y hemos tenido vergüenza de partir la historia en dos y tomar un rumbo definido. Se hace de lo indígena y del indio un “Jicarismo”, que aplauden los llamados artistas, por el sencillo hecho de tener nociones barrocas y elementales de técnica; pero con ausencia total de lo humano. ¿Quién no ha visto cuadros de los mal llamados pintores que representan, a criterio de ellos, lo indígena, con el ranchito de paja, la india con la tinaja y el indio caminando con una carga que le ha convertido en cuesta la espalda? ¿Quién no ha leído pretendidas novelas y cuentos costumbristas y nostálgicos, que pretenden entender lo nuestro? Superficie, objetividad, incapacidad para poder asir lo que somos. Somos turistas en nuestro propio pueblo. Vemos con indiferencia la caravana de indios que serpentean entre los caminos y somos capaces de llamarnos “indios”, utilizando este término como un calificativo ofensivo. Somos indios en parte y lo negamos acaloradamente. Y esto es lo que nos hace más daño que otra cosa. Negar lo que tenemos, en un afán de desconocer lo que tiene sus raíces entronizadas en lo más sustancial de lo aborigen. Negamos nuestro origen indio aún cuando el rostro sea una acusación permanente de nuestra procedencia. No sentimos orgullo por lo que nos debía mantener levantados y erguidos. Esa es nuestra tragedia. Tenemos dos sangres: la indígena y la española. Las dos debían darnos conciencia de lo que somos y rutas para lo que seremos. Vivimos pendientes del horario de la historia. En la sucesión de nuestros latidos uno español y el otro indígena. Ninguno se puede detener porque significaría el término de un sistema único y homogéneo y sobre todo negar la posibilidad de poder llegar a ser. Nuestro rostro acusa la base de nuestra existencia. El carácter, a forma de enfocar ciertos problemas, nuestra pasión por el mar y la lucha es española y nuestra emoción por las estrellas y por los abismos es indígena. Común nuestra canción y única nuestra palabra. El español fue un gran pueblo, el indígena también lo fue, por ello tenemos los elementos indispensables para poder serlo nosotros sin mengua de nuestra aspiración tan humana en la hora presente. Seremos mestizos para luchar por el destino del hombre. Poblaremos de banderas los surcos de la tierra y el instinto heroico y combatiente del español se fundirá con el estoicismo aborigen para saber dar la batalla contra la barbarie, la opresión, la ignorancia y el temor. Porque seremos un pueblo capaz de vivir para la libertad, capaz de sentir el problema humano como problema univesal, capaz de vivir en paz seguro de los derroteros que trazan dos pinceles hundidos en la simbiosis de la sangre española y la sangre aborigen. Una flor nueva tendrán los maizales y una espiga fecunda los trigales.

Otto René Castillo

La Prensa Gráfica. 12/9/1955

San Salvador, El Salvador, C.A.

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