Irak (1958)

Esas manos rubias

no tocarán jamás la punta de la estrella.

Irak,

hoy enciendo el pulso de mis sílabas

en las esquinas donde canta el pueblo

tus jornadas de claveles combativos;

hoy me trepo audaz a la temperatura

de tu explotada sangre petrolera

y suelto mi eclosión de pájaros alegres

para decirte frutalmente que te amamos

y que estamos altivos para cantar tu nombre

esperanzado.

Irak,

estoy aquí disuelto en el viento guatemalteco

y hundo mi cabeza arremolinada de estrellas

en la noche húmeda de los hogares pobrísimos

y salgo enormemente feliz de verte amado

por el obrero nuestro y por su aurora,

por su hambre gigante y por sus hijos

y hasta por su lágrima enamorada

y su alegría.

Irak,

desde aquí canto mi nueva luz tan tuya

y ese grandioso resplandor árabe

que ilumina los pasos mundiales del rocío

y te pido, Irak, con verdadero amor americano

que vigiles celosamente tu futuro de paloma,

porque sin él tendríamos que llorar calendarios

construidos con la sal más amarga

y escondernos de los niños que inventan

la sonrisa…

Irak,

nosotros estamos con tu lucha necesaria

porque aquí también en esta tierra heroica,

cada día nos fusilan las pupilas,

nos dicen que somos enemigos del orden,

mientras se persignan y rezan

y firman la venta de la patria

a las empresas del banano y del petróleo,

nos vuelven a la sombra y a su mano de niebla,

nos amarran a la tristeza con el hambre

y después gritan agitando un crsito roto

¡herejes, herejes! ¡Quemadlos, Quemadlos!,

la Santa Inquisición ha retornado…!

 

Pero un día romperemos las ataduras serviles

que por siglos nos han impedido la protesta

y saldremos, como tú lo has hecho Irak maduro,

pregonando al mundo, a los ríos rebeldes,

a las montañas ciudadanas, a los mares políticos,

que ha crecido la estrella libertaria entre nosotros.

Y nada podrá detener nuestra avalancha de sonrisas

porque seremos un viento huracanado

nacido del fondo mismo de la historia.

Y entonces que no nos digan

que los pueblos son cobardes

que Bolívar y Sandino ya no velan

desde la altísima pupila del viento.

Que no nos digan que se puede equivocar el pueblo

cuando vive en diálogo perenne con su tiempo

y que los rubios de dólares y chicles

pueden masticar la dignidad humana

y decapitar con escupidas atómicas

el canto del poeta…

Irak,

ellos no tocarán tu frente extendida

junto al tiempo y junto al hombre,

ellos no pasarán por el ojo de la aguja,

no patearán las flores populares,

no volverán a sus limpias casas de América

a masticar su chicle petenero y a beber su coca-cola

porque el pecho de Bolivár colinda con el viento

y él encenderá de luz la brasa de los puños

que saldrán a poner un ¡basta! colectivo

a su antigua jactancia de conquista…

 

Ellos no pasarán de la frontera perfumada.

 

Aquí estaremos ayudándote,

Irak,

a combatir la dictadura

apoyada en los ojos azules

del ferruginoso norte.

 

Así combatiremos,

con tus ojos árabes

y mi puño tropical,

con tu media luna

y mi quetzal resucitado,

a los hussein serviles,

a los castillo armas

y a su buitresca sombra,

a los somoza, a los feisal,

y a todos esos metafísicos

que dogmatizan su dolor

por esos caminos del mundo.

 

Aquí estaremos apoyándote,

Irak,

seremos el indio miserable

y el expotado obrero,

pero allí contigo, Irak moreno,

estará nuestro puño gigantesco,

guatemalteco,

señalando con su rostro de tormenta

el antiguo proceso que los libertadores

enseñaron a sus pueblos…

 

 

Guatemala, 1958.

 

(Salió originalmente en folleto con la atribución:

Publicado por contribución popular

Editorial Guatemalteca, 6a. Av. 15-32, Zona 1 – Tel. 5490.)


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