CONMIGO, A PESAR DE TODO

I

¿Recuerdas aquel dìa frente al mar?

 

Gris era el pecho del cielo lejano

y el otoño se subìa a los árboles y a las piedras.

 

¿Recuerdas aún nuestros temblores mas ìntimos?

 

Recién habìa nacido en nosotros la alegrìa

y ya empezaba a aletear la despedida en nuestras manos.

Pero tú no preguntastes cuándo, sino sólo ¿por qué?

Y la rosa del viento lloró en mi sangre.

Hacìa frìo para nosotros y para la flor ahì,

caìda a la tierra a saber cuándo

parecida al cadaver de una estrella.

 

II

 

De un lejano paìs en Centroamérica habìa venido.

Hacìa esa lejanìa debìan retornar mi rostro y mis manos,

para luchar contra los enemigos del hombre.

No sólo para este tiempo, sino para todos los tiempos,

se les debe destruir, para proteger a los niños

que advienen en el vientre del futuro más cercano.

Pero no solo por ellos, sino también por ti y por mì,

por todos los enamorados de la tierra; por todos sus

besos.

 

III

 

Aquì, en mi paìs, se levantaron ellos contra la vida;

contra la ternura de las gentes más pobres.

Y enterraron el amor solemnemente.

Depositando sobre su tumba una corona de ceniza y

(vergüenza,

cantaron también una melodìa funeral viuda de llanto.

Luego dirigieron sus rostros hacia el viento

y gimieron largo tiempo, preparando la huida.

A nosotros nos dijeron: murìo el amor.

Lo enterramos a la caìda exacta del sol.

Mañana lo encontraréis, después del sobresalto de la muerte.

Y luego gritaron con voces dolorosas, llenas de polvo:

Alabada la redención, la muerte, alabada la salvación.

 

IV

 

Pero los astros brillaron como nunca lo habìan hecho,

precisamente en esa noche.

Y el viento fue más dulce y más tierno que nunca,

precisamente en esa noche.

Y un árbol crecìa más rápido que el otro,

precisamente en esa noche.

Y un par de enamorados se salió de lo oscuro

y se besó poco antes del crepúsculo,

para negar asì la muerte del amor.

Y despertaron todos los enamorados de la tierra,

y dijeron: el amor no ha muerto. Oìd su idioma en nuestros

besos.

Los que inventaron la muerte del amor deben morir.

Pero los inventores del odio no murieron; ellos tenìan el poder.

 

V

 

Y los enamorados querìan seguir amando,

pero carecìan divinamente de todo poder.

Ellos eran hombres sencillos, mecánicos,

sastres, cobradores, campesinos, taquimecanógrafas,

obreros portuarios, pintores, artistas con hambre,

bailarinas llenas de ternura, constructores,

gente pobre, bondadosa, hombre saludables.

Y asì surgió la lucha por el amor.

Y asì se transformó en lucha por el poder.

 

En verdad se trata llanamente de la lucha por la vida.

 

VI

 

¿Recuerdas aquel dìa frente al mar?

 

Yo también hundo mi frente en la batalla de todos.

Y en mì es la lucha como en ti la alegrìa.

Y asì somos nosotros uno en la lucha y la alegrìa;

y cuando estás alegre, me invade tu alegrìa,

y cuando yo lucho, tú vienes a mi lado cantando.

Cada acto de nuestra vida está orientado en una dirección.

Enorme es la importancia de cada gesto en nuestro tiempo.

 

Tú me apoyas, me das fuerzas, cuando estoy débil y sufro,

cuando reconozco lo duro y largo de la lucha

y el poder gigantesco del ogro que nos niega la vida.

Tú estás conmigo cuando la tristeza nos invade con sus olas,

tan frìas como el saludo de un muerto o el beso de un pez.

Pero también estás en mis noches llenas de recuerdos

y en la siempre renaciente alegrìa de mi vida cotidiana.

 

VII

 

¿Recuerdas aquel dìa frente el mar?

¿Sabes?, siempre sigues junto a mì, ahora en el tropico.

Hondamente azul es el cielo de mi patria ofendida.

Y la primavera esparce su canto en toda las esquinas.

Ayer al atardecer cayó en la calle,

alcanzado por las balas, un amigo de nostros.

Y el cielo alegre agranda más nuestro luto.

 

Y estoy de nuevo triste en este triste paìs.

 

VIII

 

¿Recuerdas aquel dìa frente al mar?

 

Cómo no hubiera querido quedarme junto a ti,

a la sombra de tus ojos que amo, para siempre.

Cómo no hubiera quebrado el vuelo de mi boca

en tu boca, para evitar todo retorno.

Cómo no hubiera sembrado mis manos en tu cuerpo.

Cómo no hubiera esparcido mi vida

en la ternura de tus vientos.

Cómo no hubiera apagado mi sed desesperada

en tus océanos y en tus lagos.

Cómo no hubiera querido quedarme junto a ti,

aquel dìa frente al mar, en otoño

 

Pero yo debì marchar a los combates.

Tú sigues a mi lado, llenándome el alma,

amor mìo.

¡Y aquì, junto a la bandera que amo, me iluminan tus ojos! 

                         

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