ST. PAULI

En el gran Puerto

de Hamburgo,

hay un barrio

que se llama St. Pauli,

me dice

de espaldas a la tarde,

mi amigo Raúl,

que ha viajado

tanto por el mundo,

que su voz siempre estará,

como su alma,

tan lejana de su cuerpo,

que él siempre necesita

mucho de los gestos,

para ponerle acento

a sus relatos.

A lo lejos,

me dice,

se oyen las sirenas de los barcos.

De los que vienen.

De los que van.

Siempre serán tristes

las sirenas de los barcos,

comenta, y yo acompaño con mi alma

la huella que dejan los barcos,

en el agua y en el viento.

 

A St. Pauli,

me relata,

vienen marineros de todas partes

de la tierra. De los puntos más lejanos

de nuestro viejo planeta.

 

Vienen al congreso del gran placer.

A la ciudad de Hamburgo,

con sus suave torres y avenidas,

con sus acústica historia,

Vienen al disfrute de la gran farsa.

 

Si tú vas a Hamburgo

algún dìa,

me dices mi amigo Raúl,

pregunta a un ciudadano

cualquiera

por el barrio de St. Pauli,

y observa su rostro.

Por sus venas, por su ceño,

por el lenguaje de sus ojos,

sabréis si está sufriendo

y si ama de verdad a su ciudad.

Y pregúntale por el milagro alemán.

Sus virtudes destacan en St. Pauli.

Y luego por la prostitución.

Por el tráfico de almas.

Por el mercado de drogas.

Por la DDR, asì se llama

la otra Alemania, me dice.

Y sabréis si odia

la mano parda del pasado

hoy americanizada por fuera,

pero muy parda por dentro.

Y si no quiere prestarle

su verdad

a tus preguntas,

comenta tú, en voz alta:

¿Cuantos St. Pauli

hay incrustados

en el cuerpo

de la triste y dulce

Germania?

 

¿y cuánto dolor

cuesta

el milagro alemán

del occidente

al futuro de estrella

de la Alemania

que vendrá?

 

La duda tiene la virtud

de ganar muchas batallas.

 

Uno de viajero,

mi dice,

pregunta muchas cosas.

Uno deberìa gozar

en ese marasmo del placer,

y no ponerse a preguntar

por el dolor y los milagros.

Pero uno no puede

me dice mi amigo Raúl,

porque a lo lejos

se oyen las sirenas de los barcos.

De los que vienen.

De los que van.

Y uno debe saber,

que debajo de la piel luminosa

de la recostruida Hamburgo,

pululan estas cosas St. Pauli,

esta miseria St. Pauli,

este dolor St. Pauli,

este compromiso St. Pauli,

tan humano y tan duro,

que le impreca a uno,

sonriendo: mirad este milagro

extranjero. Id y contadlo al mundo,

para que sepa, para que todos sepan

la enorme cantidad de dolor

que se paga por la bonitas palabras

y por vuestra crédula ignorancia.

 

Cuando vayas al puerto de Hamburgo,

me urge mi amigo Raúl,

no te olvides de St. Pauli,

te lo pido, no te olvides de St. Pauli.

 

Luego le da su espalda

a mi rostro,

y en mis ojos

se queda pensando

largamente

su sombra andariega.

 

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