CON EL ALBA, EN DRESDEN

I

Del norte

hemos llegado

hace tres dìas,

para ver esta ciudad,

esta ciudad de Dresden,

que tan hondo y tan largo

se abraza

con las aguas

del Elba,

todo el tiempo.

 

El aire,

muy tranquilo,

narra aún

con lo claro y suave

de sus gestos

la forma de los viejos

edificios destruidos.

 

Abajo, en las calles,

los hombres

escriben una sola palabra

en todo lo que hacen:

vivir.

 

II

 

Recién llegados,

una vieja pintora

de Sajonia,

que estuvo 13 años

en un ronco

campo de concentración

de los nazis,

nos ha invitado

a tomar

una extensa copa de vino

a su pequeña casa,

en una adolescente colina,

a donde llegamos hoy,

tres dìas después

de haber llegado a la ciudad.

 

Yo miro, desde el barandal

de la vieja casita

las calles, los tranvìas,

las gentes.

De pronto oigo tu pregunta,

y ya cerca de ti, escuchamos.

“Era la ciudad

más bella de Alemania

-dice-, con amplios museos,

teatros,

hermosos edificios,

alzada estaba

sobre los hombros

del trabajo humano.

Habìa intesos cafés.

Ahì encendìan los poetas

sus más bellas palabras,

mientras los pintores

buscaban afanosos

el aire nuevo de las mariposas,

el viejo color de un suceso,

la última sonrisa

de un manzano.

El Elba ahì,

y junto a él

como siempre

junto a los rìos,

el amor,

sus grandes ojos

en el fondo de todos,

semiabiertos en el alma.

“En mì

era la juventud

entonces”,

sigue narrando

la señora Klausmann,

la vieja pintora

que hemos conocido

este dìa

tan ancho de luz

para tu rostro,

amor mìo.

Pero

oyendo a la señora Klausmann,

yo pienso

que nosotros

tal vez no entendamos

su dolor,

sus palabras

partidas por una vieja

experiencia.

Por eso cuando

sigue contando,

tus pequeñas manos

revolotean intranquilas

en las mìas.

“Y un dìa

todo estaba abajo,

-dice-, el aire,

las torres,

las paredes,

las calles,

los puentes

y los hombres,

sobre todo los hombres,

los hombres y su frente.

Los norteamericanos

habìa destruido la ciudad

en dos horas de largo

bombardeo,

y para más de 40 mil

personas,

se quebró para siempre

el arco de la vida

en la mitad de su espacio.

Cuando los hombres

en las calles,

desesperados por el fuego

se refugiaron en las aguas

espantadas del Elba,

entonces los norteamericanos

riendo desde el aire,

incendiaron las aguas,

y el rìo

era

un largo lamento

ardiendo,

que solìa quejarse aún

de tanto sufrimiento

muchos años después.

Cuando todo pasó

-dice-, parecìa una ciudad

bella, como el atardecer,

y solo quedaba una esperanza:

el hombre, siempre el hombre.”

 

Y cuando la señora Klausmann,

pronuncia hombre,

nosotros entendemos y miramos

con orgullo hacia la ciudad.

 

III

 

Dresden es alzada desde la ceniza,

desde la muerte misma es alzada.

Hacia el aire, hacia el pecho del hombre,

hacia lo caluroso de la vida.

Pero aún hay largos

predios vacìos.

Edificios que recortan

la silueta muda de su angustia

contra la claridad de la mañana.

Puentes inválidos.

Ruinas.

Y flores

que crecen entre las ruinas,

como pequeños cantos

infantiles,

que no se deben apagar.

 

Pero Dresden vive,

reconstruye,

organiza sus esfuerzos.

Y es que Dresden

es ahora algo más que piedras,

edificios, jardines,

rìo y hombres.

Es la voluntad de vivir,

pero de vivir este sitio,

de amar este sitio,

a la manera de este sitio.

 

Dresden es la voluntad

de realizarse en Dresden,

y junto a ella,

el Elba tiende,

como siempre,

el bondadoso esfuerzo

de sus aguas.

 

Por eso,

amor mìo,

cuando hemos llegado

del norte,

para ver esta ciudad

hemos palpado

el alba,

directamente

con lo más tilo

de nuestro corazón.

 

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