KEINESWEGS ALLEIN

Llovìa sobre Berlìn,

cuando leì el claro color del viento

en tus pupilas.

 

Como un caballo galopaba el agua

sobre el siempre de la calle.

Era como si el cielo de la gran ciudad

llorara la muerte de una estrella.

 

Un perro de ceniza aullaba en el horizonte

y el solitario corazón de los tilos

sentìa la honda ausencia de los pájaros,

quizás a esas horas, en un bosque del sur,

cantando para la rosa de los vientos

una canción de sol y claridad.

 

Llovìa sobre Berlìn,

cuando escuchaste de mis labios,

el idioma de ciudades olvidadas.

 

En las oscuras paredes de ese pasado

habìa escrito dulcemente con mi sombra: amor.

Y conestó la soledad más grande del mundo.

Huì horrendo de esos lugares sordomudos

y me lamentaba de mìs mismo a la orilla del hombre.

Más tarde, casi al azar, descubrì el rostro del futuro

en la forma de una bandera jubilosa.

Abandoné entonces mi vestido de cadaver para siempre:

habìa nacido como hombre después de tanto ser.

Después de 18 años de oscuridad y frìo,

en los que sólo me lamentaba y lamentaba

como un satisfecho prisionero de la época

reconquisté mi drecho a ser eso: un hombre.

 

Ahora estoy increìblemente claro:

Sobre los techos del mundo canta la humanidad

la epopeya de su aurora naciente y orgullosa.

Llovìa sobre Berlìn,

cuando un beso marinero

cambiara el curso de tu vida y la mìa.

 

Mis alegrìas y mis tormentas todas

están hollando el suelo reciente de tu existencia.

Ocultos para toda la vida están en ella

mis sueños y mis preocupaciones.

Sin tu vida yo no podrìa hallarme las manos

cuando quisiera reposar en ellas el hueco de mi cara.

Sin mì no reviste ella importancia alguna

cuando viera la luna, la nieve, que cae sobre el techo,

cuando se buscara bajo un árbol o a la orilla de un sueño.

Y es que yo no soy sólo yo; mi pequeña figura y su sombra.

Yo sólo soy lo visible, lo palpable de la lucha.

Ante todas las cosas soy la lucha misma.

 

Esa lucha que dura tanto por los de mañana.

Y si yo no fuera esto, nunca me querrias. Estoy seguro.

Y si tú no fueras lo que eres, cómo podria, entonces,

mi decisión marchar cantando a los combates?

Y cuando me siento débil, quién me dirìa:

levántate, cuìdate, la aurora se debate con la sombra.

Qué vos tendrìa mi sangre en la hora del descanso.

 

Hacìa donde volarìan mis manos, si no tuviera el rìo

de tu cuerpo que amo y recurdo como una copa de vida?

Y sobre todo, en quién pensarìa cuando llegara la hora,

cuando sonara esa hora horripilante de morir?

 

Llovìa sobre Berlìn.

Juntos nos paramos al final de la avenida,

frente a la Puerta de Brandenburgo,

a la orilla de todo vuelo.

Unidos ya para siempre por amor y ternura;

por la durìsima lucha de la época.

Unidos por estas pequeñas manos, que te saludan;

por esos ojos azules que me llaman por mi nombre.

Unidos ya por toda la vida y toda la muerte.

 

Y siempre, cuando veamos la grácil cintura de la lluvia

descender por las anchas avenidas del aire,

leeremos el claro color del viento en tus pupilas...

 

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