MURALLA DE BESOS

Pero

no cayó el hombre

en las esquinas londinenses,

ni en los sótanos de París,

desde donde la resistencia

dirigía bengalas hermosas

a todos los pueblos de la tierra,

ni cayó el hombre

en los pies de Stalingrado,

sino para establecer

una muralla de besos,

que defendiera el corazón

profetico

de la mañana venidera.

 

Como raíz

enterró

el hombre sus besos

en la tierra.

Y allí resguardó

su flor.

Su libro.

Su alegría.

Hasta que vino

en abril de 1945

una invasión de amor

de las estepas.

 

Una invasión de pan

y de luceros.

Una terrible agresión

de pájaros y abrazos,

que testificó la muerte

de las viejas leyendas

del facismo

y el nacimiento

popular

de la paloma y la sonrisa.

 

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