EN LAS AGUAS DEL ELBA

Es una tarde

azul,

junto al Elba,

en el otoño

más otoño de todos.

Bajo mis pies

las hojas,

y en ellas tanta altura

y tanto cielo todavìa.

Arriba, los árboles

y el hueco que dejaron

las hojas,

ahora ocupado por el viento

y la mirada siempre grave

de los hombres,

cuando el invierno se acerca,

blanco y frìo como un angel.

De espaldas a mi corazón

el llanto es un cantar

con sienes sin laureles

y sin acceso

al vuelo de los pájaros.

Y de frente a mì,

en el mundo

de las aguas,

aparece

en subsueños

delicados

la recortada figura

de tus bosques infinitos.

Y tus ciudades,

tranquilas olas,

rescoldos de una lejana

ternura,

con luces en el atardecer

y nadie en la noche

con quien hablar

de los paìses más remotos,

a donde el sol

llega tarde toda la vida.

 

Un barco cruza

el agua,

y por lo espeso

y prolongado de su humo.

se sabe que van tristes

también los marineros.

 

Se hace amable y dulce la patria

si hace amable y dulce la patria

si se comienza a recordarla

y a la verdad de estar solo

se agrega también la de estar lejos.

Pero uno ha leìdo hace poco,

en un café lleno de bullicio

y noche que no llega,

que aún sigue sufriendo

igual que siempre.

Y entiende

que es muy amarga

la patria,

si es un cárcel

de llanto,

a donde llega el hombre

sólo a entristecer

los paisajes.

 

Hondo,

en el agua,

nace el recuerdo

y nace su corcel.

Ciudades, edificios,

calles,

alboradas,

lagos,

caminos, y la esperanza,

siempre la esperanza.

 

De regreso a la ciudad

lloran todavìa las aguas

un infinita lágrima de peces,

cuya huella en el rìo

tiene tanta y mucha semejanza

con un camino que no se aparta

nunca del fondo de mi pecho,

menos cuando es otoño

y se lee en un diario

que le han vuelto a poner sitio

a la ciudad del alba,

tan sólo porque no se resigna

a ser la prostituta del extraño

y levanta su rosa con las manos

de sus hijos más nobles,

y sigue viendo hacia la aurora

a la espera de que llegue

su siempre de ternura

y libertades.

 

A lo lejos, en el Elba,

cuando las gaviotas

cruzan bajo los puentes,

es más grave el corazón

si gira en el viento y en el agua,

para cumplir la función de un astro

en la memoria de un loco bondadoso.

 

Es otoño de tarde

junto al Elba,

y la vejez del dìa

da comienzos a la noche.

Uno entiende, entonces,

que todo caminante

lleva en la frente

el fin de su jornada.

 

Y me levanto, no de la banca

junto al oscuro rostro de las aguas,

en cuyos ojos estuve mirando

esta tarde mi tristeza.

Me levanto, digo, de mi alma,

en donde siempre estás,

patria de los venados

y las lunas,

que no has de apagarte jamás

si aún existe en cualquier parte,

la pequeña ternura de una sangre

que alce sus brazos en busca

de tu alma, madre patria mìa.

 

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